Viaje a Lisboa (II)

Viaje a Lisboa (II)

febrero 4, 2019 0 Por amacrema

¡Hola a todos! Vamos allá con otra semana interesante por delante. En el post de hoy continuamos con nuestro diario del viaje a Portugal que hicimos el pasado mes de noviembre. La primera toma de contacto de Bebé Chencho al extranjero la disfrutamos un montón y por eso he querido compartir nuestras vivencias. Os dejo linkeado el post de la primera parte por si hay algún despiestado por ahí. ¡Espero que lo disfrutéis!

Post anterior: Viaje a Lisboa I

 

Al día siguiente toca excursión. Excursión programada por mí misma. Sin prisa, sin agobios, yendo por dónde nos dé la gana y deteniéndonos donde nos parezca oportuno.

Llegamos a la plaza del monasterio de los Jerónimos. Sin duda, impresionante. Hacemos parada en la famosa pastelería de Belem. Todo el mundo nos ha advertido de que es visita obligada, que no podemos irnos de Lisboa sin pasar por allí, sin probar los pasteles de Belem. La cola de personas agolpadas para comprar sus pasteles da la vuelta a la esquina. No queremos comprar pasteles. Queremos sentarnos a descansar. Darle algo de comer a Bebé Chencho y tomar algo nosotros también. Nos sentamos. Después de un rato esperando y buscando mesa como desesperados, nos sentamos. Todo el mundo está ojo avizor. Todos queremos una mesa. El más rápido ganará. También el más astuto, el que tenga más pericia.

La atención es pésima. Tardan demasiado en atendernos y el camarero tiene muy malos modales. Me enfado. Y, sin pensarlo, escribo una mala crítica en Trypadvisor. Ya soy una crítica usual de la plataforma y mi comentario tendrá repercusión. Por fin, viene otra camarera y nos atiende. Despacio. Tranquila. Toma nota y desaparece entre la multitud. Vuelve al rato con todo nuestro pedido. Es cierto, los pasteles están buenísimos. Calentitos. Dulces. Sin duda, muy apetecibles.

Me había confesado el truquito en la pastelería. Si quieres una caja de pasteles, a la hora de pagar se la pides al camarero. No hagas cola. Sentada en la cafetería no tendrás que esperar. Así es, el truco funciona. Todas las mesas de nuestro alrededor han pedido una caja para llevar. El camarero malhumorado lleva una y otra caja antes de cobrar con el datafono a los turistas pesados. Nosotros no queremos. Ya los hemos probado. Vámonos de allí. Aún nos quedan muchas cosas por ver.

 

La cola del monasterio no tiene nada que envidiar a la de la famosa pastelería. He leído que merece la pena entrar a los Jerónimos. Por sus estancias, sus claustro, su riqueza artística y arquitectónica. Los pasteles de Belem surgieron entre las paredes de este monasterio. Cruzamos la cola de gente amontonada. Queremos encontrar la torre de Belem. Caminamos entre el fresco de la sombra y el calor del sol. Nos ponemos y nos quitamos la chaqueta como si jugáramos al pase de modelos. Le coloco la manta a Bebé Chencho y se la quito varias veces en el paseo. Se ha quedado dormido.

Por fin alcanzamos nuestro objetivo. Cientos de escaleras se imponen ante nosotros para llegar a la torre. La admiramos desde lejos. Los turistas nos adelantan por todas partes dispuestos a subir toda esa escalinata para cruzar al otro lado del río. Papá y mamá miran el cochecito. Bebé Chencho sigue dormido plácidamente. Nos sonreímos y seguimos caminando en paralelo al río.

Elijo restaurante en El tenedor para comer en una hora. Y menos mal, los turistas corren en busca de la mejor mesa para descansar y recomponer fuerzas. Por la tarde hay que seguir. Nosotros hemos acabado la excursión. Pedimos un coche que nos lleve de vuelta al apartamento. La siesta nos espera.

Continuará…

amacrema