EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (2)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (2)

enero 28, 2016 0 Por amacrema

Aquí os dejo la segunda parte de El misterio del Brujo de las tres mil flores, espero que os guste.

 

Capítulo 2

 

castillo de la princesa−Necesito comer algo, bella dama.

Las palabras de aquel discreto caballero se menguaron. Apenas pudo escuchar la princesa la voz suplicante que traspasó
con el viento las fuertes puertas de madera del castillo. A la princesa se le flageló el alma. Parecía realmente una voz necesitada y al borde de la desesperación. Miró nuevamente a todos sus sirvientes que continuaban inertes tras ella, sin embargo, ninguno había escuchado nada y aún aguardaban impacientes la respuesta del hombre que se ocultaba tras la madera.

Fue entonces cuando la adorada princesa, ocultando el temor que le producía aquella situación y sin precisar la ayuda de ninguno de los presentes, se armó de valor y puso a trabajar todas sus fuerzas para conseguir retirar los fuertes cerrojos que unían sendas puertas.

Viendo la dificultad que le suponía a la frágil dama abrir aquel inmenso bloque de madera, los criados se acercaron a ella corriendo en su ayuda. Ya no preguntaron nada, ni tampoco temieron por los peligros que pudieran correr. Simplemente ellos habían divisado una indirecta orden de la hija del rey de aquel castillo. Entre todos consiguieron que cedieran las viejas maderas y los cerrojos de hierro que tantos años habían permanecido cerrados.

El triste caballero permanecía cabizbajo esperando impaciente que pudieran abrir, por fin, las complicadas puertas del castillo. Tenía miedo a ser rechazado. Pero le podía más el hambre que cualquier otro sentimiento secundario. Cuando por fin, al cabo de un interminable rato de espera, la gran madera que lo separaba con el interior, cedió y todos pudieron verse las caras.

La bella princesa ocupaba un primer plano en el pequeño espacio que consiguieron abrir. Detrás de ella, los criados se amontonaban apretujados para no perderse detalle alguno de lo que sucediera después. Todos miraron asombrados a aquel ya no misterioso caballero que aguardaba aún en el mismo lugar a ser invitado a entrar. Y quedaron espantados.

La dulce y bella princesa miró detenidamente y de arriba abajo varias veces a aquel hombre. Jamás en su vida había visto a nadie con aquel triste talante. Jamás en su vida había presenciado la peste que emite un ser humano tras pasar varios meses, quizá más, sin lavarse, sin cortarse el pelo, ni la barba, sin conseguir atuendos nuevos. Para la bella dama aquella imagen era completamente dantesca. No estaba acostumbrada a ver personas en tal estado. Tras unos segundos de perplejidad, la princesa se apartó cordialmente y, sonriendo indiferente a su nuevo huésped, abrió empleando sus fuerzas algo más el gran portón.

El pobre hombre apareció ante todos con los ropajes rasgados, entre cosidos con cuerdas para mantener unidas las mangas al cuerpo. Con una cinta de cuero apretaba sus grandes pantalones para evitar que se le cayeran del cuerpo. Soltaba un olor tan pestilente que todos los presentes se echaron disimuladamente hacia atrás tapando sus orificios nasales con los ropajes que cubrían sus magas y sus cuellos. Todos menos la adorada princesa. Ella también sintió ese fuerte y desagradable olor, pero la impresión que le dio aquella visita inesperada fue mucho más profunda. El extraño caballero mantenía la mirada fija en el suelo, como si temiera elevar los ojos y con ello provocar el inmediato cierre de la gran puerta. Pero eso no sucedió. La princesa se retiró de la abertura de la puerta y lo invitó a entrar gesticulándole con la mano que mantenía libre.

Fue entonces cuando sus miradas se cruzaron. La princesa no había dejado de mirarle en todo momento. Tras una doble inspección general, aguardaba paciente que el señor la mirara también a ella. La dama sonreía tímidamente, intentando mostrar su simpatía y su ánimo de ayudar. El caballero postró sus intensos ojos azules en el verdor de la mirada de la princesa. Permanecieron uniendo sus miradas durante algunos segundos más. Los ojos aparecían escondidos entre el pelo que se le amont
onaba en la cara, pero la luz que desprendían parecía ofrecer un rayo luminoso en medio de la oscuridad de su rostro.

El hombre se armó de valentía y puso su presencia en el interior del castillo. Primero introdujo con recelo una de sus piernas en el pequeño patio de armas y posteriormente la otra. Cuando todo su cuerpo se encontraba ya algo distanciado de la puerta, todos los criados del castillo corrieron a cerrar de nuevo las grandes puertas de madera. Cerraron los pestillos de hierro y colocaron las tablas de madera. El valeroso caballero permanecía inerte, algo encorvado, sujetando al hombro el cartapacio con sus pobres enseres mientras miraba deslumbrado las galerías del castillo. Giró varias veces sobre sí mismo para mirarlo todo con calma, sin recordar que estaba siendo vigilado por la multitud que se amontonaba a su alrededor. La dulce voz de la dama lo devolvió a la realidad.