EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (5)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (5)

febrero 17, 2016 0 Por amacrema

Cada día somos más y como agradecimiento a todas las personas nuevas que se acercan por amacrema, les dedico el cuento de El misterio del Brujo de las tres mil flores, para los nuevos y para todos los que seguís ahí desde el primer día. Compartidlo para que cada día seamos más. Espero que lo disfrutéis. ¡¡ Muchos besos para todos !!

 

Capítulo 5

 

el misterio del brujo 5Las palabras serias y frías de la princesa hicieron girarse de asombro a todos los allí presentes. Ya había entrado la noche y los candelabros de las paredes emitían luces parpadeantes creando zonas de luces y sombras. Todos sus rostros se iluminaban y oscurecían al ritmo de aquellas velas. Nadie se atrevía a comentar nada, ni a emitir palabra, sino que todos observaban la imagen esperando que ocurriera cualquier cosa. Algunos criados se ocultaban tras las columnas y los bajos arcos de aquel gran salón. Los bajos techos disimulaban la amplitud que tenía aquella estancia tenuemente iluminada. La princesa inició con temor el camino hacia el hermoso caballero ante la mirada atenta de todos los allí presentes. El valeroso caballero tampoco decía nada, mantenía una posición fija como si de una escultura se tratase.

La princesa se acercó todo lo posible a aquel varón, respetando una prudente distancia entre sus cuerpos. Estaba decidida a repetirle una vez más que abandonara de una vez por todas y para siempre aquel castillo. Pero entonces, su instinto le obligó a elevar algo la mirada y sus ojos se cruzaron con los de su abuela. A la princesa le pareció que le sonreía levemente y le emitía un gesto de aprobación. Aquello la enmudeció y todos los criados miraron con asombro el nuevo gesto que mostraba la fría, seria y triste mujer de aquella pintura. Fue en ese momento en el que el caballero se atrevió a tomar el turno de voz:

− Comeré algo y me iré. Ya no quiero hacerles ese feo a sus cocineros de no probar los deliciosos platos. Solo deseaba que me acompañara en la cena, no quería comer solo. ¿Cuál es su nombre bella dama?

Todos quedaron asombrados por las elegantes palabras de aquel caballero. Las pronunciaba de forma concisa, sin vibrarle la voz, con un tono enérgico y sin miedo. Mucho distaba su voz de la emitida cuando llegó al castillo. Parecía que había perdido el miedo que le hizo llamar a las puertas.

La pequeña princesa se enmudeció. Miraba de reojo el viejo retrato de su abuela asegurándose del gesto de aprobación. Volvía a posar sus ojos en la inmensidad del azul de aquel varón que aguantaba sosegado alguna respuesta.

− ¿Cómo se llama, princesa?

Le repitió una vez más aquella pregunta tan íntima. Hasta entonces para él tan solo había sido una princesa de un castillo ya olvidado, pero a partir de entonces podría convertirse en alguien con un nombre. La gran importancia de los nombres, pensaba la bella princesa, que le hacen a uno único en el mundo, le hacen especial. Todos los criados también guardaban silencio en la inmensidad de la sala. Esperaban recibir una nueva orden para que prepararan la mesa y sirvieran la cena en el Gran Salón que ya tenían preparado. La bella princesa titubeó algo más antes de responder:

−Soy la princesa Leonora, hija del gran rey de este castillo. Hasta hace algunos años, ya más de los que quisiera recordar, gozábamos de la presencia en la aldea de varios miles de súbditos. Pero las largas hambrunas y la sequía hicieron que todos huyeran de aquí. Mi padre no le quiere en este castillo, pero yo quiero saber la verdad sobre la existencia de ese brujo que hablas de las Tres Mil Flores. ¿Por qué cree, misterioso caballero, que ese hombre tiene la respuesta?

Todos quedaron pasmados con las dulces palabras que emitía la princesa Leonora. Parecía querer saber más, su ansia de conocimiento la invitaba a desafiar a su padre para descubrir quién era ese brujo y qué podría hacer para solucionar todos los problemas. Lo que nadie sabía era que tenía la conformidad de su abuela, la cual le estaba sonriendo con franqueza desde lo alto de la pared, distante y entre la penumbra de la noche y las velas.

− Cenemos entonces, don Carolo del Pinar. Cenemos y hablemos de ese brujo.

Todos los criados se volcaron en preparar aquella velada. Pusieron los más limpios manteles, que llevaban años guardados en cajones, recuperaron la mejor vajilla de las vitrinas y las copas de cristal fino de Arabia. Decoraron con flores frescas la gran mesa y decoraron los sillones. Los cocinaron sirvieron los platos con cuidado y esmero a su invitado y la bella princesa se dejó llevar y disfrutó de aquella noche. La Reina Madre les acompañaba y les bendecía.