EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (7)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (7)

marzo 3, 2016 0 Por amacrema

¡¡Por fin el séptimo capítulo!! Ya estamos sumergidos en el medio de la trama de El misterio del Brujo de las tres mil flores. ¿¿Encontrarán nuestros protagonistas al misterioso brujo?? ¿¿Dónde está el país de las flores?? Todo esto y mucho más en el nuevo capítulo, no te lo pierdas.

 

Capítulo 7

 

el misterio del brujo de las tres mil floresLa princesa corrió por los corredores del castillo ante las reacciones perturbadas de los criados. El caballero quiso seguirla. No le importaron la frías miradas de todos los allí presentes. El cometido que le había suplicado el brujo de las Tres Mil Flores era en ese momento lo más importante de su existencia. Los criados se quedaron mudos y quietos, esperando una nueva orden del rey o la princesa. Algunos de ellos empezaron a recoger y a limpiar los restos de la cena. Todos palidecieron cuando escucharon en la planta superior las pisadas de su rey. No cabía duda de que acababa de salir de sus aposentos, y aquello no podía ser sino una mala señal.

La princesa Leonora se detuvo ante una gran puerta cerrada. Era consciente de que tenía prohibido andar por aquel ala del castillo sola, pero tenía la necesidad de ayudar a aquel hombre que se había atrevido a acercarse a su castillo. Carolo se acercó a ella y juntos consiguieron despegar ambas hojas de las puertas. Hacía años que nadie entraba allí. Leonora no había vuelto desde la muerte de su madre cuando tan solo tenía seis años. Para ella, aquellas puertas escondían un gran mundo de aventuras y de historias a todo color. Un mundo alejado de la realidad y cargado de belleza y personas nuevas, de otros mundos y de otras culturas. Tras aquellas puertas, Leonora había viajado con su madre a lugares insospechados. Se había bañado en el mar, había olido la selva, había reído con personajes extraordinarios.

Carolo del Pinar usó su candelabro para iluminar toda aquella oscura sala. Leonora tomó la primera vela que encontró para encenderla y juntos avanzaron hacia el interior de la enorme sala. Carolo quedó absorto por la imagen de aquella estancia. Enormes estanterías rodeaban el centro de la habitación. Eran estanterías bañadas en oro con remates ornamentales simulando seres fantásticos y ramas de árboles. Filas y filas de libros llenaban aquellos estantes que parecían no tener fin. Los dos jóvenes se adentraban boquiabiertos ante el mundo nuevo que se mostraba su camino.

Leonora se adelantó ansiosa buscando aquel libro. Lo recordaba muy bien. Tenía el canto verde, con palabras escritas en tonos dorados. En la portada, un hada voloteaba algo levantada del suelo mirando embelesada y sonriente hacia las flores. Tras ella, un bosque verde y luminoso mostraba en la lejanía una cascada de agua clara y cristalina. La dulce princesa creía recordar dónde se encontraba el cuento, lo había leído con su madre miles de veces. Llegó a gran estante donde casi estaba segura de que se encontraba. Localizó la alta escalera algunos metros más lejana y corrió a por ella.

Carolo avanzó a ayudar a la bella princesa dejando su candelabro en el suelo. Palpó con su mano el canto de los libros que estaban a su alcance. Cerró los ojos y sintió el camino de las letras que contaban los títulos de aquellas historias, notó el cambio de rugosidad de cada ejemplar, olió el polvo que el paso de los años había acumulado en los estantes y escuchó el chirriante sonido provocado por la escalera. Hacía años y años que nadie la deslizaba y parecía estar anclada al suelo, oxidada. Los dos jóvenes pusieron toda su fuerza en llevar la escalera hasta el sitio acordado. La bella princesa mostraba un rostro colorado y el valeroso caballero tuvo que respirar profundamente por el esfuerzo.

La princesa Leonora subió con delicadeza y elegancia las baldas de madera de la escalera. Carolo permaneció abajo sujetando aquella inestable escalera mientras observaba desde la distancia y girando sobre sí mismo aquella gran sala rodeada de libros. No podía ver las paredes porque las estanterías se sucedían unas a las otras y llegaban hasta el techo. Tan solo dejaban paso a los grandes ventanales y abrían un pequeño orificio por donde asomaba la chimenea. En el interior de la sala, varios sillones y largos sofás decoraban el lugar. Ante la chimenea, rodeaban una gran alfombra oriental diferentes sillones y canapés bañados en oro y con tapices de diversas formas geométricas. El grito ahogado y silencioso de la princesa Leonora despertó al caballero de aquella fabulosa imagen.

− ¡No puede ser!

Carolo posicionó su mirada hacia donde la princesa se encontraba. La oscuridad le impedía ver bien la dirección de los ojos de la hermosa Leonora, pero su blanca y delicada mano, introducida en un profundo hueco entre dos libros, le hizo pensar en lo peor. El libro no estaba.

− ¡Recuerdo perfectamente que ese libro estaba aquí!

Ambos muchachos permanecieron inmóviles pensando otro posible lugar donde pudiera estar aquel ejemplar. Pero todas las estanterías parecían estar completas y cargadas de libros. La princesa Leonora bajó precavida la escalera mostrando la preocupación al caballero. El país de las Flores había desaparecido y ella no tenía la menor idea de dónde podría estar.

Miraban en silencio de un lado para otro buscando una solución. Carolo temía estar de nuevo completamente perdido. Cambiaba la mirada despavorido. Las luces y las sombras que producían las velas volvieron a devolver a aquella gran sala una imagen tenebrosa. Alguien abrió las puertas de la Biblioteca con un fuerte golpe. Casi al mismo tiempo, Leonora y Carolo se giraron hacia la puerta y lo vieron. El rey, aún en camisón y despeinado, los miraba con recelo y soberbia. Acababan de entrar en el lugar más sagrado para él de todo el castillo. Nadie, absolutamente nadie, desde la muerte de su esposa, tenía permitido entrar allí. Era el territorio de su amada reina y no podía permitir que se lo profanaran. Ni siquiera su hija.

− ¡Apresadlo!

El rey ordenó aquello a sus criados señalando con la inmensidad de su brazo al caballero Carolo. La princesa se quedó sorprendida por la actitud de su padre. Recordaba con nostalgia los años en los que el rey era un hombre bueno, agradable, risueño y juguetón. Atrás quedaron las tardes de risas, de revolcarse entre las flores del jardín, de lanzar palos a los perros. La princesa Leonora se puso a llorar de forma desconsolada viendo cómo sus criados, los mismos que horas antes les habían servido la cena, se llevaban a Carolo del Pinar hacia las mazmorras del castillo.