EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (12)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (12)

abril 15, 2016 0 Por amacrema

¡¡Por fin el nuevo capítulo de El misterio del Brujo de las tres mil flores!! Gracias por vuestros comentarios y todas las visitas que está teniendo el cuento. Me complace enormemente que os esté gustando tanto, es muy satisfactorio.  Espero que disfrutéis de este nuevo capítulo. Y recordad compartirlo para que llegue a más lectores.

¡¡ Muchos besos para todos !!

 

Capítulo 12

el misterio del brujo de las tres mil flores 12La celosía estaba tan bien sujeta al suelo que el fuerte caballero no conseguía abrirla. La dulce y delicada princesa ponía todo su empeño y sus ganas en empujar aquella losa de hierro, pero todos sus esfuerzos era en vano. No conseguía que cediera ni un milímetro de su lugar.

¿Qué vamos a hacer ahora?

Todo parecía estar perdido para la princesa Leonora. En cambio, Carolo no pensaba rendirse. Seguía empujando aquella trampilla tras segundos de descanso. Se dio cuenta de que estaba pegada a la misma tierra del suelo y que lo único que podrían hacer era raspar los laterales para conseguir abrir aún más el espacio para que cediera la celosía. Y así lo hicieron.

Cuando al fin cedió, el sol ya despuntaba por entre las calles de la aldea. Leonora estaba cansada, fatigada y sus ropajes se veían en un estado deplorable. Igual que Carolo, a quien poco le había durado su agradable imagen en el castillo. El calor provocado por el esfuerzo le había hecho desprenderse de varias capas de ropa y se había arremangado la camisa.

Salieron a la superficie entre jadeos de cansancio y expresiones de jolgorio. Miraron hacia ambos lados de la plaza. Todo estaba triste y desolado. No aparecía ningún alma por las calles de tierra. Las puertas estaban abiertas, mostrando el interior de las pequeñas casas vacías. Para la inocente princesa Leonora aquella era la primera vez que visitaba su aldea. Imaginó con una leve sonrisa cómo sería todo aquello lleno de gente. Un mercado en la plaza abarrotado de mujeres comprando, con gritos de niños en la lejanía, de hombres de paseos, de vendedores ambulantes ofreciendo a viva voz todos sus productos. La plaza estaba ahora vacía. Algunos papeles revoloteaban en la gravilla seca del suelo. Echaron a andar sin rumbo por entre las calles de la aldea, mirando hacia el interior de cada una de las casas.

− Debemos encontrar la casa de la puerta azul y el llamador amarillo, de un tal Rodrigo.

Carolo asintió sin querer dejar de buscar una puerta de esos caracteres. Se apresuraron cegados por los rayos del Sol, que cada vez eran más penetrantes y más fuertes. La imagen que se mostraban ante sus ojos era cada vez más desolada. Parecía aquella un aldea fantasmal, mostrando vida donde antes la hubo y ya no. Veían cómo habían sido abandonado objetos en el mismo suelo de la calle. Muñecos de trapo, juguetes de madera, camisas en los tendederos, cestas de mimbre. Era obvio que habían abandonado todo. Habían huido de la condena de la sequía.

Mientras tanto, en el castillo, los criados luchaban por cerrar de nuevo las puertas de la presa. Algunos lloriqueaban viendo cómo se estaba desperdiciando toda el agua. Salía clara y fresca, como recién sacada del manantial. Para todos los habitantes del castillo era su bien más preciado y estaban siendo testigos de cómo se echaba a perder entre los pasadizos de las mazmorras. Más de uno se acordó de que continuaban manteniendo a su prisionero encerrado, pero detener aquella desgracia era mucho más importante. Parecía que valía más salvar el agua que salvar al hombre, pues podría ya yacer ahogado en su prisión porque el agua ya emergía en la planta baja del castillo.

Pepín suplicaba al Cielo que los jóvenes hubiesen tenido suerte en su huida. Ponía todo su empeño en cerrar aquellas puertas. Era consciente de que si no liberaban al brujo, morirían de sed en pocos meses. Pero era la única forma de ayudar a Carolo y a Leonora. El Rey esperaba en el Gran Salón noticias de sus criados. Pocas veces subía alguno de ellos a negarle la buena noticia y corría de nuevo a ayudar a sus compañeros. El Rey rogaba a sus antepasados y a su Madre ayuda para liberarse de esa desgracia. Parecía que el retrato de su Madre mostraba una sonrisa irónica ante tal hecho. Cada vez que dirigía su mirada, los labios del retrato se curvaban más y más.

El Rey enloqueció cuando uno de sus criados subió a anunciarle que habían conseguido cerrar las puertas, pero tan solo habían salvado agua para un par de días. Se enzarzó con los retratos del Gran Salón. Comenzó por el de su madre el cual pataleó hasta dejarlo hecho jirones. Y después, destrozó uno a uno todas las pinturas que mostraban majestuosas las imágenes de sus antepasados. Los criados lo observaban con miedo, desde una distancia prudencial. Todos se acumularon en las puertas del Gran Salón entristecidos porque su Rey se había vuelto completamente loco.

Caminó con prisa hacia los aposentos de su hija. Pretendía despertarla y hacerle partícipe de la desgracia. Nadie tocaría esa agua salvada más que ella, se condenaría a él mismo a una muerte segura, pero sabía que, al menos, mantendría con vida a su hija. Pero su sorpresa la encontró cuando fue testigo de que su hija no se encontraba en su estancia. La ventana estaba abierta y corría la fresca brisa de la mañana. El aire volteaba las cortinas y dejaba paso a aires frescos. Un rayo de sol penetraba ardiente iluminando el suelo. Diminutas motas de polvo revoloteaban entre el rayo para perderse en la oscuridad de la sombra. El Rey, aún más enfurecido, revolvió las sábanas de la cama perfectamente hecha, asegurándose de que su hija no se encontraba dentro. Se volvió hacia sus criados y preguntó en un grito:

− ¿Dónde está el prisionero?

Los criados se miraron entre ellos desconociendo una respuesta real. Muchos se habían olvidado de él mientras conseguían cerrar las puertas de la presa, y quienes lo habían recordado pensaron que lo más probable era que hubiese muerto ahogado. Todas las mazmorras del castillo estarían completamente inundadas. La única respuesta que recibió el Rey fue la duda de sus criados. Nadie pronunció nada. Pepín se retiró con disimulo hacia las cocinas del castillo. Debía salir en la búsqueda de los dos jóvenes. Pero gran parte de los corredores estaban llenos de agua y tendría que hacerlo nadando.

− ¡Buscadlos!

Los gritos del Rey se oían desde la aldea. La princesa Leonora miró entre escalofríos hacia el castillo. Creía haber escuchado a su padre dando la voz de alarma. Los pájaros huían despavoridos como si hubiesen escuchado un fuerte golpe. Se detuvo. Jamás había visto su castillo desde aquella distancia. Esa era la imagen que recibían a diario los aldeanos. Para ella, las diferentes galerías eran su hogar, pero desde aquella perspectiva no veía sino un símbolo de poder que le producía algo de temor. Las voces de Carolo le despertaron de su ensimismamiento.

− ¡Aquí princesa! ¡La he encontrado!