EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (14)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (14)

mayo 4, 2016 0 Por amacrema

¡¡ Ya podemos disfrutar del capítulo número 14 del cuento de El misterio del Brujo de las tres mil flores!! Me complace enormemente que os esté gustando tanto, es muy satisfactorio.  Espero que disfrutéis de este nuevo capítulo. Y recordad compartirlo para que llegue a más lectores.

¡¡ Muchos besos para todos !!

 

Capítulo 14

 

el misterio del brujo de las tres mil flores 14Carolo corría a toda velocidad hacia la vega del río. Empezaba a no sentir las piernas por la fatiga. Era el mismo impulso el que le empujaba a no detenerse. Sentía al barro salpicarle hasta la cara. Seguía lloviendo con fuerza y era evidente que no iba a parar. Temía por la vida de la princesa, sin duda, pero el consejo había sido adecuado. Debía encontrar a los aldeanos e invitarlos a regresar. La sequía había terminado y nuevos tiempos de gloria podía volver a empezar.

Pepín llegó a la puerta del castillo jadeando. Se la encontró cerrada y no vio a nadie cerca que le pudiese abrir. Le temblaban los brazos por el frío, pero la tiritera de la mandíbula era producida por el miedo y el temor. Era la única persona que podría tener conocimiento del paradero del libro. No se deshizo de él tal y como se lo pidió su Rey. Ahora, con su hija convaleciente, era muy probable que el castigo fuera voraz.

»Vuelve al castillo y dile a tu Rey que no sufra. La princesa no morirá, pero debe tener fe en mí. Que no hagan nada, tan solo esperen. Y tú Carolo, corre lo más rápido que puedas hacia la Vega del río. Cuando llueve crece una flor azul encima de una piedra enorme. Búscala y tráemela. Dile a los aldeanos que ya pueden regresar a sus casas. La sequía ha terminado.

Pepín sabía que no servirían de anda las palabras del brujo de un cuento. Suplicaba que el caballero Carolo llegase a la Vega sano y salvo. Llamó ligeramente a las grandes puertas del castillo, pero no obtuvo respuesta. El ruido de la lluvia torrencial era aún más potente. Golpeó con más fuerza. Nada. Más fuerte aún. Nada. El agua calaba ya hasta sus huesos. Se dejó resbalar por la gran puerta de madera hasta caer al suelo. Tenía la necesidad de llorar, llorar como un niño. Pero eso no solucionaría nada. Se levantó como pudo y regresó a la aldea.

Alcanzó de nuevo la plaza sin poder controlar el aliento. Sentía que la presión sacaría su corazón del pecho. El suelo de la plaza estaba completamente anegado. Ya no se veía la gravilla seca de antes, ni las rajas en el suelo. Parecía una inmensa laguna. Arrastró sus pies hasta la trampilla y se introdujo dentro. Descansó unos segundos más resguardado al fin de la lluvia. Comenzaba a tener frío. Sabía que aún le quedaba el viaje de vuelta por las mazmorras del castillo y era muy probable que estuvieran aún más inundadas que antes. Descansó algunos minutos más y suspiró profundamente antes de comenzar de nuevo la travesía. No tenía tiempo que perder.

Carolo llegó a la nueva aldea que habían construido en la Vega. Recordaba sus días allí antes de llegar al castillo. Los aldeanos le habían advertido del cambio de carácter de su Rey. Muchos de ellos recordaban con nostalgia la amabilidad de su Señor cuando aún vivía su esposa. Pensaban que su malhumor constante había provocado la sequía. Fue Rodrigo el primero en divisar al caballero. Anunció a todos su regreso con notable alegría. Fueron muchos los que se acercaron a él y tocaron con emoción sus ropajes mojados. Aún no había empezado a caer la lluvia junto a la vega del río.

Les puso al día de todo lo acontecido creyéndose un viejo juglar. Rodrigo se sorprendió por lo que había estado escondiendo durante años. Pero se contuvo porque empezó a sentirse culpable por la sequía. Su ignorancia había encerrado un libro. Tal vez, si hubiera sabido leer lo habría abierto.

− ¿Nunca abriste el libro?

Carolo le preguntó ya en la intimidad, cuando nadie les escuchaba. El negó con la cabeza y aseguró que los dibujos eran tan solo producto de su imaginación. Apenas sabía escribir su nombre porque las letras se le juntaban y las mezclaba sin cesar. Era increíble todo lo que se había perdido por desconocimiento. Imaginó qué hubiese pasado si hubiese tenido curiosidad por leer el cuento.

Carolo anunció a los aldeanos que ya podían regresar a sus antiguas casas. Para ellos la Vega era su nuevo hogar, habían fundado una nueva aldea a orillas del río. Sin embargo, todos sintieron el jolgorio por poder, al fin, regresar a su tierra, de donde nunca debieron haber salido. El caballero se giró de nuevo hacia Rodrigo. Podía hacer algo más por él y por todos. Le preguntó por una flor azul que crecía en una piedra. Empezaban ya a caer las primeras gotas de lluvia sobre el terreno. El Sol se ocultaba levemente por detrás de las nubes provocando la imagen de un perfecto Arco Iris. Era maravilloso y especial. Los aldeanos lo observaban con dulzura y esperanza. Por fin, después de mucho tiempo, había vuelto a llover. Rodrigo cogió el brazo del valeroso caballero y lo llevó hasta la gran piedra. Apenas empezaba la flor a despuntar en el capullo  verde, entre las hojas.

− Hace muchos años que no vemos crecer la flor. La planta ha sobrevivido milagrosamente en el centro de esta piedra. Dicen que tan solo crece con el agua de lluvia y que cuando se seca, se deshace.

El brujo había sido claro: necesitaba la flor. Miraron con detenimiento cómo el capullo crecía cada vez más hasta que al fin, como una leve explosión, dejó salir un color azulado de su interior. El agua caía cada vez con más fuerza y desdén. Y la flor, alimentada por esas gotas, se abrió progresivamente ante la mirada asombrada de Carolo y de Rodrigo. Al fin vieron la flor completamente abierta. Era preciosa, sin duda. Nunca habían visto una flor azul, más que en los sueños del brujo y en su imaginación. Carolo recordó que los dibujos de la casa de Rodrigo estaban llenos de flores azules.

Rodrigo le pidió acompañarle al castillo. Los demás aldeanos ya recogían todos sus enseres para poner rumbo de vuelta a sus casas. Cogieron un par de caballos para no demorarse más y galoparon sin detenerse hasta el castillo.

Pepín llegó moribundo a las cocinas. Respiraba con dificultad y apenas podía sentir sus brazos del tiempo que había estado nadando bajo los corredores del castillo. Se asomó con cuidado al aposento de la princesa. Todos los criados rodeaban su cama, impidiendo que Pepín pudiera ver nada. El Rey lloriqueaba junto a su hija y maldecía la existencia del libro y el mal augurio de la Serpiente blanca. Parecía que no había nada que hacer. Aquel parecía ser el fin de la princesa. La misma enfermedad que se llevó a su madre se la llevaría también a ella. Pepín se ocultó entre los telares de la puerta del aposento. Temía ser visto por el Rey. Como todos, escuchó acercarse a galope varios caballos y todos corrieron a mirar por las ventanas. La recia lluvia dificultaba la visibilidad, pero era claro que dos hombres acababan de llegar al castillo.

Carolo no tuvo tiempo de llamar de nuevo a las grandes puertas de madera. Pepín ya deslizaba los cerrojos y corría barras de madera. Les dejó pasar tan rápido como pudo y los tres hombres se precipitaron, sin pensárselo, al aposento de la princesa.

− ¿Qué hacen aquí? ¡Idos de una vez! ¡Dejad a mi hija en paz! ¡Sois los únicos culpables de su enfermedad! Estoy condenado a quedarme solo.

Las últimas palabras salieron como un suspiro en un hilo de voz. No dejaba hablar a Carolo tan solo ordenaba que se marcharan o que los aprisionaran. Pero ningún criado hacía nada. No se movían de dónde estaban. La princesa empezaba a delirar.

− ¡Podemos ayudarla!

Rodrigo se acercó al Rey sin miedo, firme, levantando la voz. Señaló a Carolo y este se acercó también de forma mucho más precavida. Le mostró la flor azul que conservaba intacta en su mano. Aún se veía espléndida y húmeda, pero sabían que si se secaba desaparecía, no tenían apenas tiempo.