EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (9)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (9)

marzo 17, 2016 0 Por amacrema

Ya tenéis el capítulo 9 de El misterio del Brujo de las tres mil flores. Si os gusta, ya sabéis, compartid!!

 

Capítulo 9

 

el misterio del brujo de las tres mil floresLa bella Leonora aún lloraba bajo las sábanas calientes de su cómoda cama. Se ocultaba para no ser descubierta por su padre, pues lo escuchó cómo se acercaba hasta su aposento y ordenaba a sus criados mantenerla encerrada. Ella no entendía nada. Había dejado entrar a aquel pobre caballero con la mejor de sus intenciones. Sollozaba con furia tiempo después de que su padre se hubiera alejado. Fue entonces cuando Pepín se atrevió a entrar sin ni siquiera llamar primero, como tenía obligación de hacer siempre.

La bella princesa se levantó asustada de la cama cuando sintió una presencia. Las miradas de ambos se cruzaron durante unos instantes de silencio. Pepín le suplicó que permaneciera callada para no levantar sospechas. Tenía algo importante que decirle. La inocente Leonora salió de su cama y se puso una enorme bata blanca con puntillas tapándose con pudor su traje de noche.

− Tengo que contarle algo, princesa Leonora

Se acercó hasta ella con temor. Alejándose de la ventana para evitar ser visto. Le hablaba en susurros apenas perceptibles por él mismo. La princesa lo invitó a sentarse en uno de los sillones que rodeaban la mesa redonda. Pepín tomó asiento. Le temblaban las manos por el miedo a ser descubierto. Leonora lo miró impaciente. Con un gesto de la mano le pidió que hablara.

− Días después de la muerte de su madre, su padre me pidió que me deshiciese de algo.

Tragaba saliva constantemente. Producía las palabras con tartamudez, entrecortando la voz en cada frase. A la princesa Leonora le costaba trabajo comprenderlo, pero necesitaba saber qué estaba ocurriendo. Lo miraba con un gran interés, desde una posición muy cercana y con un semblante serio y preocupado. Pepín continuó:

− Por lo visto venía soñando con una sucesión de avisos. Le advertían de que se deshiciera del libro que su madre le leía cada noche. Si no lo hacía, caerían gravemente enfermas. Tu padre no creyó mucho aquellas palabras de un simple sueño. Pero, tras varias advertencias, tu madre enfermó y murió, como bien sabe.

La princesa no daba crédito a lo que escuchaba. En verdad, no había vuelto a saber de aquel libro desde que falleció su madre. Y su padre jamás quiso volver a saber nada de cuentos ni de lecturas. Ella siempre creyó que se volvió loco por la muerte de su esposa. Por ello, ya nunca quiso participar de sus juegos, ni continuar con las agradables costumbres de su madre como era la de la lectura nocturna. La princesa sintió cómo su corazón latía cada vez más deprisa. El fiel criado prosiguió tras respirar en profundidad y tragar saliva varias veces. Para él no estaba siendo fácil traicionar a su Señor, pero sabía que debía hacerlo por el bien de todos.

− Entonces fue cuando el Rey, su padre mi Señora, me ordenó desprenderme del libro. Me pidió que lo quemase para que no quedara ningún trozo de papel. Y así lo hice.

Con aquellas palabras se hizo el silencio en la estancia. La princesa creía que no podría hacer nada para ayudar a ese Brujo de las Tres Mil Flores que había sido encerrado, precisamente, en aquel libro quemado. Miraba de un lado para otro nerviosa, buscando alguna rápida solución. Algo alertó su pensamiento, no cuajaba el hecho de que aquel valeroso caballero hubiera soñado con el brujo en los últimos días.

Pepín miraba hacia el suelo expresando todo el respeto que podía, después de haberle sido infiel a su Señor y de estar a solas con la princesa en su aposento. Temía ser descubierto porque sabía que no sería piadosos con él. La princesa empezó a balbucear. Parecía querer decir algo. La miró buscando un breve encuentro con sus ojos.

 − Hay algo que no entiendo, Pepín. Si aseguras que te deshiciste de ese cuento quemándolo, ¿cómo es posible que Carolo del Pinar, ahora nuestro prisionero, asegure que acaba de soñar con el Brujo?

Pepín gesticuló afirmativamente con la cabeza. Después sonrió a la princesa y observó su semblante serio y despavorido. Estaba a punto de desvelar el mayor secreto que jamás había contado a nadie. Ni siquiera a su Señor por temor a sus represalias.

− Es que no quemé aquel libro, mi princesa.

Aquella confesión era sin duda un halo de esperanza para todo aquel asunto. La princesa sabía que Pepín estaba a punto de confesarle dónde había escondido el libro. Ya trazaba en su cabeza un plan para liberar a Carolo del Pinar que se encontraba encerrado en esas horribles mazmorras del castillo. Irían juntos a buscar el libro y salvarían al brujo.

− Es cierto que intenté quemarlo. Varias veces. No quise desobedecer a su padre. Pero las llamas eran continuamente apagadas por un agua invisible que se vertía sobre el libro. Desistí al fin. Era evidente que aquel libro no podía ser quemado.

La princesa guardaba silencio. Empezaba a impacientarse porque Pepín seguía emitiendo las palabras de manera entrecortada, temeroso por ser descubierto.

− Lo escondió un aldeano. Le pedí que guardara aquel libro en su casa. Le advertí de la importancia de aquel cuento para su princesa, pero que el rey había ordenado destruir aquel códice. Por ello, mi Señora, le pido prudencia. No sé si aquel buen hombre se llevó el libro en su viaje o si se lo dejó abandonado en la aldea, como todas las cosas que aún permanecen inertes en las casas y las calles. El aldeano se llama Rodrigo y su vivienda era la única que tenía una puerta azul y un llamador amarillo.

Pepín se levantó del sillón con la intención de salir de aquel aposento cuanto antes. Sabía que la princesa iría con aquella información al prisionero, pero les sería muy difícil escapar de allí. El Rey ya había ordenado a los soldados que aún quedaban por aquellas tierras rodear todo el castillo. En las almenas, muchos hombres tenían la orden implícita de disparar sus flechas ante cualquier movimiento. Y la llave que encerraba a Carolo en uno de las mazmorras estaba bien guardada en el bolsillo del Rey.

Era, por tanto, prácticamente imposible escapar del castillo. Sin embargo, sabía que la princesa no cesaría en el empeño de ayudar a aquel forastero. Había sido testigo de cómo su abuela, la Reina madre, desde lo más alto de su retrato, le daba su consentimiento, por encima, incluso, de las órdenes de su propio hijo, el Rey. Antes de abandonar con sigilo el aposento, Pepín se giró para darle un último consejo a la bella princesa:

− Una cosa más princesa Leonora. Y esto es de vital importancia. Si encuentra el libro, por favor, evite tocarlo. El maleficio sólo podrá ser echado si roza su piel sobre el objeto.

Escuchó primero a través de la puerta algún ruido y después miró a ambos lados del corredor antes de salir. Los criados encargados de vigilar a la princesa se habían quedado dormidos, y así continuaban.

La princesa se quedó pensativa en el sillón que tenía colocado junto a la ventana. Tenía que idear un plan.

Carolo del Pinar acababa de tumbarse, rendido por el cansancio, en la fría piedra que simulaba una cama. Tenía frío. Olía muy fuertemente a humedad. Necesitaba salir de allí cuanto antes. El sueño lo venció antes de darse cuenta. El brujo de las Tres Mil Flores apareció de nuevo para ayudarle.