EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (1)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (1)

enero 22, 2016 0 Por amacrema

¡ Hola a todos! Los cuentos que leía de niña han creado en mi cabeza cientos de historias de príncipes y princesas. Os presento mi primer cuento infantil que os acompañará durante las próximas semanas. Espero que os guste tanto como me ha gustado a mí escribirlo. Que lo disfrutéis y os haga soñar.

 

El misterio del Brujo de las tres mil flores,

 

Capítulo 1

 

La historia que aquí se cuenta ocurrió hace mucho, mucho tiempo. Tanto, que apenas nadie la recuerda. Cuenta la leyenda, que hace mucho tiempo, en un castillo, vivía una princesa. La madre de la bella princesa enfermó y su muerte trajo devastadoras sequías para el reino. La muerte de su esposo le produjo al rey un espantoso dolor que pagó con todos sus criados y su  adorada hija. Su carácter se agrió y la princesa tuvo que asumir que ya nunca nada sería igual en el castillo.

Poco a poco, tilmondodialexodos los habitantes de la pequeña aldea abandonaron sus casas, las proximidades del castillo, a su gran rey y a la bella princesa. Tan solo aguardaron sus más serviles amos, quienes habían jurado en sangre y sobre las tumbas de sus antepasados, no abandonar nunca a su soberano. La dulce princesa se vio sola y abandonada en aquel enorme castillo. Por ello, se reclutó en sus aposentos dedicándose a la lectura de novelas románticas de damas y caballeros, intercaladas con su más admirada labor: la de tejer aquellas historias en grandes tapices.

 

Pasados algunos años, cuando todas las esperanzas estaban terriblemente perdidas, un caballero llamó fuertemente a las puertas del castillo. Apenas quedaban entonces gentes en la aldea, solo tristes viviendas abandonadas, viejas sábanas colgadas en las cuerdas, muñecas de trapo olvidadas en el suelo ya empolvadas. El caballero insistió golpeando aún más fuerte. Los pocos sirvientes que aún habitaban el castillo temían abrir las grandes puertas. Sabían que todos habían huido a causa del hambre y, una visita inesperada les alertaba fríamente.

La bella princesa pasaba las horas de sol sentada frente a la ventana de la torre más alta del castillo. Los días soleados salía a dar paseos por las almenas cuando así se lo permitían los guardianes del castillo. Caminaba despacio y observaba un horizonte abandonado. El fuerte viento, caliente en verano, cortante en invierno, creaba una fría y densa atmósfera de vida inhabitada. Entonces lo vio. Dejó sus labores sobre la pequeña, bajita y circular mesa, tapada con unas faldas de terciopelo verde, y salió de sus aposentos como extrañamente solía hacer.

Se detuvo ante las estancias de su padre, quien continuaba tristemente postrado en la cama. Lo llamó sigilosamente varias veces, pero solo consiguió un extraño e inapropiado sonido producido por sus cuerdas vocales. Siguió su camino sigilosa. Tocando lo más mínimamente las piedras del suelo helado con la punta de los dedos de sus pies y llegó  hasta el gran patio de armas del castillo.

Fue entonces cuando el misterioso caballero llamó nuevamente a las inmensas puertas. Esta vez de forma más constante, como explicando a los habitantes de aquel triste castillo que no se rendiría. La bella princesa dijo entre suspiros casi imperceptibles a los sirvientes del castillo:

−¡Abrirle! ¡Vamos! ¡Abrirle!

Pero los sirvientes la miraron despavoridos, como si aquella orden proviniera del más horripilante ogro, o del mismo diablo desde los infiernos. Al otro lado de la puerta, seguían los golpes, esta vez mezclados con fuertes gritos del extraño caballero.

−¡Abrirme! ¡Vamos! ¡Abrirme! ¿A qué esperan?

La bella princesa se acercó con cautela hasta la inmensidad de una puerta que la hacía a ella parecer diminuta. Entonces, con voz dulce y suave, ante el asombro de todos lo que allí se agolpaban, le preguntó:

−¿Qué quieres admirado caballero?

Entonces, el silencio fue demoledor. Al otro lado de la gran puerta, el caballero guardó silencio ante tal bellas palabras y tan maravillosa voz. Todos los sirvientes esperaban ansiosos la respuesta del caballero mirando, absortos, la madera que permanecía cerrada; aguantando la respiración para evitar que ningún leve ruido los delatara; y sintiendo el acelerado ritmo de unos descontrolados corazones.

−¡Ábreme, bella dama! ¡Por el amor de Dios!

Para la bella princesa aquella no fue la respuesta más adecuada. El amor de Dios era para ella infinito y el desdichado caballero no había contestado a su pregunta. Se giró y miró las despavoridas caras de todos sus sirvientes, quienes le devolvieron la mirada invitándola a averiguar qué quería aquel inesperado caballero. Se giró nuevamente hacia la inmensidad de la puerta y apretó aún más fuerte sus labios en la madera. Y repitió:

−¿Qué quieres admirado caballero?

Ella se volvió de nuevo hacia sus más serviles criados buscando una mirada de aprobación. Pero todos ellos continuaban con una presencia desafiante en el pequeño patio de armasdel castillo. Postró su pequeña y blanca oreja sobre la madera, sujetando su cuerpo delicadamente con sus blancas manos, a través de las cuales brillaban con fuerza unas delgadas venas azules. Entonces, escuchó con indudable claridad los fuertes suspiros de quien aguardaba, impaciente, al otro lado del castillo.