EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (10)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (10)

abril 1, 2016 0 Por amacrema

¡¡Por fin el décimo capítulo de El misterio del Brujo de las tres mil flores!! Gracias por vuestros comentarios y todas las visitas que está teniendo el cuento. Me complace enormemente que os esté gustando tanto, es muy satisfactorio.  Espero que disfrutéis de este nuevo capítulo. Leerle el cuento a los más peques por la noche, demostrado está que la lectura es el mejor juguete. Y recordad compartirlo para que llegue a más lectores.

¡¡ Muchos besos para todos !!

 

Capítulo 10

el misterio del brujo de las tres mil floresEl Brujo volvió a aparecerse preocupado. El lugar exótico en el que habitaba el brujo de las Tres Mil Flores continuaba siendo verde y lleno de flores coloridas, sin embargo, algo llamó la atención a los ojos de Carolo. El brujo mostraba un semblante serio. Bajo sus pies una ligera sábana de agua parecía ascender de manera constante. Carolo le devolvió la mirada preocupada. No entendía qué estaba ocurriendo y el Brujo empezó a rogarle presura en sus actos.

»Alguien ha abierto la presa del pantano. El agua del río se está desbordando y todas las criaturas y yo nos ahogaremos si no me sacas de aquí lo antes posible. Cuanta más agua tenga yo, menos tendréis vosotros. Alguien ha castigado al Rey del castillo y está acabando con los suministros que guardan allí los criados. El Rey es un tozudo y si no actúa deprisa morirá de sed y condenará a esa tortura a todos los presentes en el castillo, incluida su bella hija Leonora.

Carolo no sabía qué responderle. Notaba cómo sus pies se mojaban también del agua que subía de la presa. Empezaba a sentir la impotencia por no poder hacer nada y ver su fin ahogándose con el Brujo. Las flores que crecían en la parte baja yacían ya bajo el agua y la punta del verde césped sobresalía de un suelo anegado. El agua estaba arrasando todo lo que encontraba a su paso, sin piedad. Las pequeñas criaturas terrestres corrían buscando un refugio en lo más alto, otras gritaban de temor siendo llevadas por la corriente, sin conseguir auxilio. Los pájaros revoloteaban por el aire siendo testigos de la inundación, pero viéndolo todo desde el aire a sabiendas de que ellos, en principio, estaban a salvo. Los peces de colores saltaban de una charca a otra entre juegos infantiles. Carolo miraba aquella estampa inmóvil. La tierra mojada empezaba a hundir sus pies, inmovilizándolos. Brujo tampoco se movía, tan solo hablaba hacia Carolo con temor e impaciencia.

»Tienes que salir de ahí. Lucha por tu libertad. Espera que suba el agua un poco más y huye nadando. Nadie te seguirá. Tienes que sacarme de aquí o todo el mundo yacerá conmigo. Tienes que aprovechar la oportunidad porque no habrá otra. Ya nadie vigila los pasadizos del castillo y varios de ellos llegan hasta la aldea. Búscalos. Y corre, corre todo lo que puedas antes de que suba el nivel del agua. Tienes que hallar el cuento de El país de las Tres Mil Flores y abrirlo. Sólo sé que aún permanece colocado en alguna estantería. Nadie ha vuelto a leerlo desde la última vez que la Reina le leyó por undécima vez las últimas frases a su hija: “Y desde aquel preciso instante, todos los habitantes del reino pudieron descansar. Sabía que jamás nadie volvería a atemorizarlos de aquella manera y para celebrarlo colocaron una inmensa mesa de madera llena de comida y bebida. La adornaron con bellas flores y agua, mucha agua para todos. Invitaron a los habitantes del castillo y a su amado caballero sobre su figura ya trabajaba el alfarero para que su imagen perdurara para el eternidad entre los habitantes de la aldea.”

Carolo no entendía nada. El Brujo despareció dejándolo a él solo en aquel paradisíaco lugar. Intentaba escaparse, pero el fango le cubría ya hasta los tobillos. No podía moverse a pesar de sus intentos. De repente, cayó fuertemente al suelo y despertó de golpe. El valeroso caballero se encontró tendido bocabajo en la fría piedra de la mazmorra. Todo estaba anegado de agua. Carolo se levantó de un brinco asombrado. El agua ya cubría un palmo el nivel del suelo. Los criados que se ocupaba de vigilarlo observaban asustados el lugar por dónde descendía el agua. Lo hacía ligeramente, en forma de cascada por una de las paredes de aquellas oscuras mazmorras. Uno de ellos se acercó y puso su mano para asegurarse del correr del agua por aquella pared. Miró al otro criado para afirmarle lo que ya temían.

El agua cubría poco a poco los pies de todos ellos. El caballero les pidió por favor que lo librasen, pero los criados tenían órdenes muy severas y no podían traicionar a su Rey. Un criado dio la voz de alarma. Alguien había abierto la presa del castillo y toda el agua que almacenaban para suministrar el castillo se estaba perdiendo. Las puertas estaban atascadas y el nivel del agua, cada vez más elevado, impedía que un par de criados consiguieran cerrarlas. El tiempo corría en su contra. Aquel percance les condenaría a una muerte segura. Ya no quedaba agua en los alrededores del castillo. Necesitaban ayuda de todos los criados.

El Rey salió de su cama caliente para ordenar a todos dejar sus menesteres y ayudar a cerrar aquellas puertas de hierro. Los criados de las mazmorras dudaron unos instantes sobre el peligro de dejar a aquel caballero solo, pero una segunda orden, esta vez más tajante, les hizo correr despavoridos y poner todas sus fuerzas en cerrar aquellas puertas. Carolo observaba el lugar, miraba de un lado a otro para averiguar cómo escapar de ahí. Los barrotes no cedían a pesar de sus fuerzas y uno de los criados se había llevado la llave del candado. Era aquella, sin duda, la oportunidad que el Brujo le estaba dando para huir, pero no sabía cómo lo lograría. «Huye nadando» recordaba. El nivel del agua subía cada vez más. Apenas quedaban varios centímetros para que le llegara a las rodillas. Se le agotaba el tiempo.