EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (11)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (11)

abril 7, 2016 0 Por amacrema

¡¡Por fin el capítulo número once de El misterio del Brujo de las tres mil flores!! Gracias por vuestros comentarios y todas las visitas que está teniendo el cuento. Me complace enormemente que os esté gustando tanto, es muy satisfactorio.  Espero que disfrutéis de este nuevo capítulo. Y recordad compartirlo para que llegue a más lectores.

¡¡ Muchos besos para todos !!

Capítulo 11

el misterio del brujo de las tres mil flores 11La princesa ya llevaba varios minutos aguardando el momento adecuado. La apertura de las puertas de la presa sería la única razón para que todos se volcaran en ello y le dejaran vía libre para liberar al caballero. Pero le quedaban dos puntos clave para que el plan le saliera bien. Uno de ellos era hacerse con las llaves del candado y, la otra, asegurarse de que les costase mucho trabajo cerrar de nuevo las puertas de hierro.

Empezó, entonces, por bajar sigilosa hacia donde se encontraba la puerta de la gran presa. La fuerza del agua se oía desde el exterior. Desatornilló los tornillos que unían la puerta a las paredes y vio cómo empezaba a correr el agua por uno de los laterales. Introdujo por el agujero que quedaba el palo de madera que empleaba para sujetarse el pelo.

Pepín la había seguido. Atento a sus intenciones vio aquello como una condena para todos, pero supo al instante de que era la mejor opción. Le pidió que corriera a buscar al caballero. La trampilla de la cocina tenía acceso directo a su celda. Nadie se había percatado de ello. En tiempos gloriosos del castillo, aquella primera celda la dejaban libre porque si descubrían aquella puerta de piedra en una de las paredes podrían escapar. Pepín no entendía que nadie se hubiera dado cuenta.

La bella princesa Leonora temió ser burlada por aquel servil criado, pero su única esperanza era confiar en él y corrió sigilosa hacia las cocinas del castillo. Todo se encontraba bajo un silencio sepulcral. Tan solo algunos grillos continuaban con sus cánticos, fuera, ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir. La luna ofrecía una ligera y blanca luz por las ventanas del castillo. La bella princesa se escondió bajo los fogones, esperando que dieran la voz de alarma.

Mientras Pepín, arriesgando su vida, abrió las frías puertas de la presa y rompió la manivela. Sabía que la fuerza del agua dificultaría que los criados la cerraran. Corrió hacia un lugar seguro y vio cómo, poco a poco, el agua empezaba a correr por las paredes del castillo. Las mazmorras serían las primeras en anegarse. Corrió a buscar ropa seca. No podía arriesgarse a ser descubierto. Aquella osadía le constaría, sin duda, la vida. Solo suplicaba que la bella princesa supiera sacar al caballero de su prisión. Él no podría hacer nada más. Tendría que ayudar a todos a cerrar de nuevo las puertas de la presa.

Cuando la princesa consiguió abrir la trampilla e introducirse dentro, asegurándose que no había sido vista, el agua ya se mostraba como un enemigo para Carolo del Pinar. Asustado, miraba despavorido de un lado al otro de su celda buscando un lugar por el que huir. No era fácil, pues el agua cubría paredes y suelo, ocultando posibles vías de escape.

Un ruido ensordecedor de golpes llamó su atención. Escuchaba cómo alguien, desde una lejanía aparente, forcejeaba para poder acceder a dónde él se encontraba. Miró en la dirección de los gruñidos y descubrió que una de las piedras de la pared era diferente. Corrió hacia ella maldiciéndose por no haberse dado cuenta antes. Posó su oreja sobre la fría y húmeda piedra para escuchar si el ruido provenía de allí. Efectivamente, un claro esfuerzo femenino intentaba desde el otro lado abrir aquella puerta invisible a los ojos de todos. Carolo hizo lo mismo desde el otro lado. Empleó todas sus fuerzas para que aquella piedra cediera de una vez por todas. El agua ya le llegaba hasta las rodillas.

Con el trabajo de los dos jóvenes al unísono, la piedra cedió y giró sobre sí misma, descubriendo de nuevo los ojos de la bella princesa Leonora a los del caballero. Ambos compartieron una breve sonrisa de seguridad y tranquilidad antes de que la princesa le pidiera a Carolo que introdujera su cuerpo en aquella trampilla. La princesa susurró algo al oído del caballero.

− No hay tiempo que perder. Debemos huir por los corredores de las mazmorras. Sé que uno de ellos conduce al corazón de la aldea.

Continuaron agachados varios metros hasta dar con uno de los corredores de las mazmorras. Tuvieron que hacer frente a zonas que ya estaban completamente anegadas de agua. Agradecieron que el verano no les hubiera abandonado todavía, a pesar de estar ocupando el tiempo al otoño, porque el agua helada no les molestaba demasiado.

Tomaron de nuevo rumbo en un pasadizo oscuro y mojado, pero agradecieron poder continuar ya de pie en su travesía. Caminaban deprisa sin un camino fijo, tan solo su intuición les hacía girar por uno u otro corredor. Temían perderse y no llegar nunca, pero sabían que una fuerza oculta estaba de su lado.

De lejos escuchaban el correr del agua por las paredes de las galerías. Sentían sus pies mojados en todo momento, chapoteando en cada paso. Iban de la mano, acto producido por el miedo y el temor a los desconocido. Ni siquiera se habían dado cuenta de ese acto de cercanía tan próxima entre ellos. Unas veces la princesa Leonora se adelantaba al valeroso caballero, y otras era Carolo del Pinar quien decidía el giro por otro pasadizo.

Aquello parecía un laberinto sin salida. Un ir y venir sin fin que empezaron a dudar de si les llevaría al lugar deseado. Parecía que alguien había tapiado la salida. Sin embargo, pronto vieron el resplandor de la luna reflejada en el agua del suelo. Juntos y entrelazados corrieron en aquella dirección hasta toparse con una trampilla de celosía ubicada justo en el centro de la plaza abandonada de la aldea.