EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (15)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (15)

mayo 24, 2016 0 Por amacrema

¡¡ Ya podemos disfrutar del capítulo número 15 del cuento de El misterio del Brujo de las tres mil flores!!. Espero que disfrutéis de este nuevo capítulo. Y recordad compartirlo para que llegue a más lectores y pueda ser leído por todos.

¡¡ Muchos besos !!

Capítulo 15

 

el misterio del brujo 15El brujo apareció por sorpresa a los que se acumulaban en torno a la princesa. Había estado presenciando todo sin quererse pronunciar, pero advirtió que necesitaban su ayuda.

Con su presencia, la estancia se llenó de luz. Parecía que le rodeaba un aurea de armonía. El Rey lo miró malhumorado, pero sin apenas fuerzas para gritarle o reprocharle. Veía cómo su hija se le iba también. No podía reprimir las lágrimas.

− ¿Qué mal he hecho para que se me castigue de este modo?

Sus imploraciones se oían por todo el castillo. No podría soportar aquella pérdida. Pepín se acercó a su amo con precaución. Puso con cautela la mano sobre su hombro, mostrándole con aquel gesto un acercamiento. El caballero y el brujo se mantenían en una distancia prudencial, respetando las distancias. Temían que el Rey le culpabilizara de todo lo que ocurría. Pepín les había ordenado paciencia. Carolo empezaba a sentir como la flor se derretía entre sus dedos. El brujo, al percatarse de ello, adelantó un paso hacia la cama de la bella princesa. Eso hizo que todos los criados salieran al paso. Carolo se echó a temblar, no podían permitir que volvieran a reprenderle. Esta vez no.

El Rey los miró lloroso.

− Idos de aquí, por favor.

Pero Pepín intentó tomar la palabra. Empezó produciendo sonidos imperceptibles. El temblaba la mandíbula del miedo. Sabía que su Rey sería capaz de cualquier cosa. Y peor aún si su hija fallecía en los próximos minutos. Pepín consiguió emitir algún sonido, pero le costaba juntarlos para que se entendiera alguna palabra. Carolo, harto del tiempo perdido y sintiendo la flor azul cada vez más deshecha, decidió intervenir:

− Verá Señor − el Rey respiró hondo para evitar alzarse en armas contra él. Lo miró rencoroso, pero no dijo nada. Entonces Carolo continuó: − El brujo sabe cómo salvar a la princesa. Tan solo necesitábamos que volviera la lluvia para recuperar los tiempos gloriosos del pasado. Es la única opción que tiene mi Señor.

Carolo del Pinar dudó unos instantes sobre qué hacer a continuación. Pero el miedo le bloqueó por dentro y permaneció inmóvil junto a la cama de la princesa.

Se la veía hermosa. Parecía que un halo de luz la había poseído. Se mostraba como un lucero blanco y transparente en medio de toda aquella oscuridad. Fuera seguía cayendo agua a mares. El fuerte ruido de la lluvia sobre el cristal parecía augurar un mal presagio. Los fuertes truenos se intercalaban con haz de luz sobre el firmamento. Aquello parecía el diluvio universal. Era evidente la falta que hacía el agua sobre aquellas tierras.

El Rey parecía no inmutarse. Tomaba la mano de su hija sin querer despedirse de ella. La princesa no podía abrir los ojos mucho tiempo. Miraba de lado a lado y sonreía a los allí presentes, pero no tenía fuerza.

− Vamos mi Rey, que no tiene nada que perder.

Pepín intentaba convencerlo a sabiendas de que era muy complicado. El Rey lo sabía. Su hija moriría y él no podía hacer nada. Era la única esperanza que tenía, pero temía un mal mayor. Tenía en mente la horrible Serpiente blanca de su sueño. Recordaba sus amenazas sobre aquel libro y sobre aquel brujo.

− Vamos, Señor. ¿Qué puede perder?

Los criados parecían haber formado un coro. Todos temblaban de miedo y de pena. No podían soportar perder a su adorada princesa. Todos la amaban. En verdad ella se hacía querer. El rey besó con dulzura la mano de su hija y la dejó con cuidado sobre su cuerpo. Estaba muy blanca. Las venas azules se le transparentaban más que nunca. Temía romperla como si fuera una figura de cristal frágil y delicada. Miró con recelo al brujo y le confirmó con la cabeza su consentimiento.

Carolo extendió la mano donde aún escondía la bella flor azul. Su mano se había teñido de aquel color. Le sorprendía cómo la flor se estaba deshaciendo como un cubito de hielo entre sus dedos. El brujo la tomó con sumo cuidado. La cogió por el poco tallo que aún conservaba y se acercó a la cama de la princesa.

El valeroso caballero confiado se aproximó hacia la ventana del aposento. Aún arreciaba la lluvia tras el cristal, pero observó como una larga fila de aldeanos caminaban gustosos hacia sus casas. Sonrían invadidos por la felicidad. Cargaban con bultos y tiraban de sus caballos con fuerza. Los niños correteaban sorteando charcos e intercambiando risas y juegos. Miró de nuevo hacia la cama de la princesa. Temía que aquel atrevimiento de ambos jóvenes hubiese puesto en peligro su vida.

El brujo, pensativo, miraba el rostro angelical de la bella Leonora. Por unos instantes necesitaba gozar de aquella belleza de la que tanto había oído. Acercó su mano y acarició su rostro con suavidad. Estaba fría. Helada. Pero aún podía sentirse el palpitar constante de su corazón y su respiración cada vez más alterada. Nadie pronunciaba ninguna palabra. Parecía que todos los allí presentes aguantaban la respiración para no molestar su trabajo.

El Rey se empezaba a impacientar. Los movimientos tranquilos y sosegados de aquel brujo lo ponían nervioso. Quiso meterle prisa, pero sus criados lo detuvieron.

− Déjalo actuar − le suplicó Pepín, que era el único que se atrevía a decir algo.

Un ruido ensordecedor abrumó a todos. De repente, los candelabros se apagaron y un resplandor iluminó con fuerza el exterior del castillo. Carolo no daba crédito. Vio cómo la gran Serpiente blanca se acercaba desde la lejanía. Avanzaba elegante, pausada, tranquila, como si no tuviera prisa en llegar a su destino. Con un sigilo espeluznante, alcanzó la muralla del castillo. La sorteó sin problemas y se deslizó por la pared, buscando, sin duda, la ventana del aposento de la princesa.

El brujo intentó actuar más rápido. Pero sabía que las cosas bien hechas se hacían de manera pausada. Carolo tenía que actuar. Aquel era su momento.