EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (8)

EL MISTERIO DEL BRUJO DE LAS TRES MIL FLORES (8)

marzo 10, 2016 0 Por amacrema

Ya tenéis el octavo capítulo de El misterio del Brujo de las tres mil flores. Si os gusta, ya sabéis, compartir!!!

Capítulo 8

el misterio del brujo de las tres mil floresLa princesa Leonora aún sollozaba viendo cómo se llevaban apresado al caballero. Estaba paralizada, enmudecida. Necesitaba suplicarle a su padre que lo dejara, que aquel hombre tenía una misión muy importante que afectaría a todos los que un día habitaron su aldea. Pero el rey no la dejó hablar. Le levantó la voz gritándole injurias e insolencias. Y maldecía a ella y a todos sus criados por haber dejado entrar a aquel hombre que no traería más que desgracias a su castillo.

− ¡Enciérrate en tus aposentos y no salgas hasta que te lo ordene!

Las palabras de su padre cayeron como dardos encendidos sobre su corazón. Lo miraba fijamente buscando en sus ojos clemencia y perdón. Pero no encontró nada. Ordenó a sus criados apagar todas las velas que habían encendido en la Biblioteca y salieron todos. La princesa corrió despavorida a su encierro, con multitud de lágrimas en los ojos a punto de salir y la cara mojada del llanto.

El rey entró con violencia en sus aposentos y ordenó que lo dejaran en paz con trágicas consecuencias para quienes lo molestaran. Caminó con brusquedad y rapidez de un lado para otro de su particular sala. Maldecía entre dientes que aquel mal augurio pudiera ser real. Carraspeaba la voz. Gritaba de ira. Pateaba los objetos haciéndolos estallar en mil pedazos.

La inocente princesa escuchaba con temor los gritos de su padre. Sentía escalofríos al oír los golpes y las fuertes pisadas. No entendía por qué su padre tenía ese comportamiento y tenía miedo. Mucho miedo. Se sentó en su sillón e intentó averiguar un plan de escape, un plan de huida. No podía seguir en aquel habitáculo encerrada de por vida. De repente, los gritos y los golpes cesaron en la habitación de su padre.

Alguien se atrevió a incumplir la orden y llamó con sigilo a las grandes puertas del rey. Él calló y miró con ira hacia aquella dirección y dijo con una voz seca y profunda:

− ¡He dicho que nadie ose perturbar mi descanso!

Pero las insistencias empezaron a ponerle algo nervioso. Siguieron golpeando con sutiliza y una gran suavidad su puerta. Quien fuera que hubiese al otro lado no quería cruzar aquel umbral sin su permiso.

− ¿Quién es?

Preguntó al fin. Y una pequeña cabeza de pelo rizado muy oscuro se introdujo con precaución de los aposentos del rey. Pepín era para el rey su criado más fiel. Con él había pasado los peores y los mejores años de su existencia. Lo quería como si fuera su hermano. Su padre fue el gran sirviente de su madre y los dos crecieron juntos y compartieron juegos en la infancia. No podría vivir sin la compañía de Pepín y sabía que era el único de sus criados en quien podría realmente confiar. Lo miró con desdén cuando aún permanecía asomado en la puerta, sin atreverse a entrar, pero ansiando decirle algo.

− ¡Pasa!

El castillo volvió a recobrar el silencio. Tan solo algunos criados continuaban con las labores de limpieza en el Gran Salón. Otros cogían asiento en las mazmorras del castillo porque sabían que pasarían allí las próximas horas. El caballero se sentó agotado por la insistencia en que le dejasen en libertad. Para aquellos criados parecía que las palabras del rey se acercaban a las de un dios y no las podían incumplir. Hacía mucho tiempo, quizá más del que él pudiera imaginar, que no pasaba por allí ningún forastero y que nadie había bajado a aquellas mazmorras del castillo. Hacía frío, el olor a humedad se hacía latente y se reproducía con fuerza en todos los rincones. Las paredes estaban mojadas. Carolo del Pinar tan solo necesitaba unos minutos de concentración intensa para idear un plan con el que escapar.

Pepín entró en el aposento iluminado por la luz que producía la lumbre. Aún hacía el calor del verano fuera, pero en el interior del castillo ya se empezaba a sentir la llegada del invierno. Observó varias sillas tiradas en el suelo. Algunos objetos rotos parecían decorar el suelo de la sala. La gran cama del rey, con un colchón tan grande que él jamás podría probar y un dosel que le ocultaba durante los días de aislamiento, permanecía deshecha en la parte del central. El rey lo miraba entre suspiros profundos y con una ardiente mirada, parecía simular un toro herido que se estaba preparando para atacar a sus víctimas. Pepín decidió hablar para explicar el motivo de su indeseada visita.

−El caballero insiste, Señor, en que necesita liberar a ese brujo. Él sostiene la idea de que es la única persona que puede salvarnos de esta horrible sequía. Mi Rey, por favor, bascule. Quizá tenga razón. Parece que no bromea. El sudor chorreaba por su frente implorando que no lo detuviéramos allí dentro.

El Rey lo miraba con recelo desde una prudente distancia. No podía dejarlo huir. La Serpiente del sueño había sido muy clara: «Algún día llegará, y querrá liberarlo. Todos le ayudarán, ten cuidado». Pero Pepín seguía insistiendo.

−Tal vez no fue la buena idea deshacerse de aquel mago de aquella forma tan cruel. Creo que aún estamos a tiempo de ayudar para liberarlo. El mal augurio se cumplió. Ya no corre agua por los riachuelos, los lagos se han secado. Ya se ven las fracturas en la tierra y cada vez tienen mayor profundidad. Por el bosque continúan apareciendo cadáveres de ciervos y la aldea da una impresión fantasmagórica, una ciudad sin vida deja de ser una ciudad. ¡Tenemos que hacer algo, mi Señor!

El rey se sentó en su gran sillón de terciopelo rojo escuchando las palabras de su más servil criado. Era el único que estaba al tanto de todo. Y por unos segundos se sintió convencido de lo que le decía, sin embargo, aquella serpiente blanca, con los ojos amarillos y negros volvía una y otra vez a su recuerdo. Temblaba de miedo rememorando el retumbar de aquella voz tan profunda y tan directa. Cerraba los ojos y todavía era capaz de recuperar aquel sueño.

−¿Te deshiciste de aquel libro?

Pepín afirmó y dejó su cabeza inclinada. Supo entonces que no tenía nada que hacer. Las órdenes de su Rey eran claras y no cambiaría su parecer. Aquel caballero debía seguir encerrado y él no sería quien incumpliese aquel mandato. Tal vez, tan solo haría la vista gorda y permitiría que aquel caballero se escapase por su propio pie. Un descuido podría ayudarle a cumplir con su cometido. Pepín empezaba a tener tan claro que aquel sueño fuera de tal manera; pensaba que detrás de aquella Serpiente pudiera ocultarse alguien con malas intenciones. A fin de cuentas, el agua había desaparecido de la zona y encerraron al brujo días antes de que aquello sucediera.

Para Pepín aquel asunto dejaba de tener sentido. Hizo una nueva inclinación de cabeza y salió con sigilo del aposento. El Rey se quedó postrado en su gran sillón, pensativo y temeroso. Las palabras de la horrible Serpiente blanca retumbaban en si cerebro:

»¡Querido Rey! ¡Qué insolencias gastas! ¡Qué felicidad con tu hija y tu esposa! ¡Ya te avisé, ya! ¡Encierra a ese horrible mago, lleno de luz y de agua! ¿No oyes las risas de tu Reina y la princesa? ¡Son las palabras de ese brujo de las Tres Mil Flores las que se burlan de tu poder! ¡Enciérralo! ¡Enciérralo y jamás volverás a saber de mí! Ese libro estará maldito, lo infectaré de un virus tan letal que apenas durarán unos días esas bellas damas. Los ríos se secarán y los lagos serán zonas débiles para las llamas. Tu reino desaparecerá. ¡Deshazte del libro mi Rey! O jamás volverás a verlas.

El Rey se quedó allí dormido, preso del agotamiento. Sus sueños revivían la muerte de esposa por un extraño virus. No podía arriesgarse a que aquella serpiente se llevara también a su bella y tierna niña. Aquel libro maldito no estaba más que donde debía estar.

»Tarde. Lo has eliminado tarde, pero aún a tiempo para salvar a tu hija. Ahora sé que ese libro jamás volverá a ver la luz del Sol. Tengo que advertirte de algo: algún día, cuando tu hija esté en edad de desposar, un joven y apuesto caballero llegará al castillo. Querrá salvar al brujo y enamorará a tu princesa para conseguirlo. Sé que serás fuerte y no lo permitirás. Si tu hija toca de nuevo ese libro, caerá gravemente enferma. Dame las gracias por advertirle Rey. El  brujo deberá pasar el resto de su existencia encerrado. Y no permitiremos que su soberbia devuelva el agua del manantial al riachuelo de la aldea.

El rey despertó de golpe y se levantó de un salto. Caminó hacia la ventana y desde allí observó la soledad de aquella aldea. Atrás quedaron los días de luz, color y felicidad. Apenas recordaba ya la imagen de un pueblo habitado, donde se escuchaba el continuo murmullo de las gentes o el reír de los niños. La oscuridad y el silencio también habían inundado aquel castillo. Salió sigiloso de su aposento y caminó hacia el de su hija para asegurarse de que permanecía allí encerrada. Tenía miedo por ella y no permitiría que se la arrebataran también.

−Que no salga

Le dio una severa orden a los criados que velaban el sueño de la dama y regresó a su cama, para ocultarse de nuevo bajo las sábanas calientes.