LEYENDAS COLONIALES (I)

LEYENDAS COLONIALES (I)

marzo 9, 2015 4 Por amacrema
Cuenta la leyenda que si dos hermanos 
deciden casarse el mismo día una de las parejas
 se llevará la plena felicidad condenando
 a la otra a la infelicidad para siempre

Las hermanas Rona, Elisabeth y Gabrielle, vivían en una de las más majestuosas avenidas de la gran Habana colonial del siglo XIX. Su padre era un emigrado español que se había marchado muy joven en busca del dorado americano. Varios años dando vueltas y tumbos por los diferentes países amerindios le había arrastrado hacia el amor de Isabel, una bella mujer de tez morena, hija de un gran capitán cubano. Pronto se casaron y, gracias al duro trabajo y al esfuerzo, consiguieron hacer fortuna en poco tiempo. Compraron una vieja casa cerca del Malecón y la arreglaron con los materiales más lujosos. La casa de la familia Rona era la más especial de la zona porque unieron las dos culturas de un modo celestial. La gran mansión tenía el recuerdo de una España muy lejana y el sabor y el calor cubano que tanto frescor daba. 

Un día, Elisabeth, la menor, salió a caminar sola por la gran avenida. Su padre no veía bien que sus dos señoritas anduvieran solas por ahí, sin embargo, para Elisabeth era fundamental sentirse libre, al menos, por un rato. Se sentó en un banco frente a la maravillosa catedral. Era fascinante escuchar a la gente cantar, bailar y reír a todas horas. Aquella plaza era el culto a la felicidad. Observaba embobada, ensimismada en sí misma, cuando un muchacho se cruzó en su mirada. Él ya llevaba varios minutos observándola, admirando esa frescura bella que radiaba su tez blanca. Su cabello semirrecogido soltaba mechones caprichosos que jugaban airosos alrededor de su cara, como si desearan volar libres. Elisabeth lo miró detenidamente y le sonrió. Sintió que con esa sonrisa se ruborizaron sus mejillas y por eso desvió su mirada hacia el suelo, deseando que, cuando regresara la vista al frente, él ya no estuviera allí. Sin embargo, la valentía de aquel joven apuesto le llevó hasta ella, pidiéndole con educación permiso para sentarse a su lado. Elisabeth quedó perturbada. Jamás había tenido junto a ella, tan cerca, a un hombre que no fuera su padre. El muchacho se presentó tomándole la mano y dirigiéndola dulcemente hasta sus labios. Ella le devolvió el saludo y se levantó deprisa. Debía marcharse a casa.
Inconscientemente, Elisabeth repitió aquella salida inocente durante cada día del resto del verano. Hacía calor y la temperatura aplastante sofocaba a todos los que vivían en su casa. La hora de la siesta era la más adecuada, porque todos descansaban en sus habitaciones intentando respirar con el aire fresco que emitía la corriente entre ventanas. Los jóvenes se enamoraron. Pasaban horas deliciosas paseando por el Malecón y perdiéndose entre el empedrado de las calles. 

Cuando el sofocante calor se iba alejando el padre de Elisabeth llegó con una gran noticia. Había encontrado a un buen hombre para casarse con su hija. La joven se echó a llorar y gritó que no quería que la casaran con nadie. Sin darse cuenta, entre gritos de impotencia, reveló su gran secreto a todos los que estaban allí. Pensaron que la habían exorcizado. No había forma de calmarla y de tranquilizarla. Era imposible hacerla callar. Cuando se calmó, pudo escuchar que aquel hombre no era para ella, sino para su hermana Gabrielle. De todos modos ya era demasiado tarde porque lo había revelado todo. Aquella confesión le sirvió de desahogo porque la relación se estaba haciendo tan intensa que necesitaba compartirlo con quienes más querían. Sin embargo, sus padres no vieron aquella relación con buenos ojos. No sabían nada de él y lo poco que sabían era que se trataba de un pobre muchacho sin posibilidades. 

Le prohibieron volverlo a ver y la encerraron en su estancia para que no saliera de casa. Elisabeth lloró como nadie lo había hecho en toda aquella zona tan esplendorosa de La Habana. Sus gemidos de tristeza se podían escuchar en toda la ciudad. No había nadie que no cruzara por aquella casa y no se percatara del horror que vivía aquella joven. Sin embargo, sus padres optaron por ignorarla y, mientras, prepararon con orgullo e ilusión la boda de su otra hija. Pensaron que con el tiempo se cansaría y acabaría por entender que solo querían lo mejor para ella. 

Elisabeth aprendió a escaparse de madrugada. El aplastante calor de La Habana obligaba a mantener todas las ventanas abiertas para propiciar esa agradable corriente que provocaba el aire que entraba y salía, cruzando los largos corredores de la casa. Parecía que se divertía con aquel juego infantil yendo de allá para acá sin descanso. La joven aprovechaba la noche para deslizarse desde el aseo hasta el porche. Allí su amado la esperaba cada noche para poder disfrutar durante pocos minutos de abrazos y caricias llenas de ternura. Pero aquellos encuentros tan solo sirvieron para hacerle mucho más daño y Elisabeth empezó a enfermar de pena. Dejó de dormir, dejó de comer y sus días se relegaron a permanecer postrada en el viejo sillón de su alcoba. Miraba a través de la ventana buscando una revelación divina en las formas azarosas de las nubes blancas. 

Sus padres se asustaron de ver a su hija en semejante estado. Ella misma se estaba dejando enfermar y temieron incluso por su vida. El señor Rona, convencido por su mujer, fue en busca del hombre que había robado el corazón de su hija. Necesitaba conocerlo y saber de él. Descubrió que Juan Ramón era un hombre valiente y fuerte. Se ganaba la vida como tabernero en una de las bodeguillas más famosas del centro de La Habana. Vivía con su madre, una mujer ya mayor que había trabajado mucho para sacar a su hijo adelante. Apenas tenían la comida de cada día y una buena casa donde vivir. El señor Rona vio que era un buen hombre y eso debía bastarle para dejar que su hija marchara con él. Junto a su esposa decidieron que sería lo mejor para su hija. En los últimos días había empeorado mucho y si no dejaba atrás aquella situación la pena la llevaría hasta la muerte. Fue entonces cuando aprobaron que Elisabeth se casara con su amado. 

Apenas quedaban un par de meses para la boda de Gabrielle y decidieron que sería una buena idea celebrar la ceremonia de las dos hermanas el mismo día. Y así lo hicieron. Elisabeth se levantó de la cama y recuperó la belleza y fortaleza que había tenido siempre. Ya nadie impediría que pasara con Juan Ramón el resto de su vida.


CONTINUARÁ…

amacrema