LLegada a La Habana

LLegada a La Habana

agosto 6, 2014 2 Por amacrema
Según marca mi reloj, son las ocho menos cuarto de la tarde (hora española). Sobrevolamos el Atlántico sin divisar tierra cerca. Todo un enorme océano se extiende bajo mis pies. Viajamos hacia el día, por más que pasan las horas no llega la oscuridad de la noche a nuestra posición entre las nubes. Es febrero. En Madrid ya debe estar bastante oscuro. Sin embargo, el sol brilla en el horizonte con fuerza negándose a desaparecer por unas horas para dejarle a la luna lucir su luz más brillante. 

Vamos a una velocidad de vértigo a pesar de que dentro de este aeroplano no percibo apenas movimiento alguno. Estoy feliz. O, al menos, es así como me siento en este preciso instante. Más que feliz, tal vez debería decir ilusionada. También quizá algo asustada. Estoy a la entrada ya de un viaje alucinante, lleno de experiencias nuevas. Conoceré una cultura diferente, unas tradiciones completamente distintas, nuevos sabores y olores. Divisaré aquello que nuestros antepasados descubrieron al llegar al Nuevo Mundo.
Me acompañan dos pequeños libros que he elegido por su brevedad para tener tiempo para leerlos en este apasionante viaje. Se trata de Catálogo de pequeños placeres de Carlos Herrera y un clásico, Juan Salvador Gaviota de Richard Bach. El vuelo es muy largo. Unas nueve horas metida en esta nave cerrada sin más diversión que los lavabos al final del pasillo. Por eso, antes de contar la mitad de viaje ya he leído esos dos libros. El primero de detalles sencillos que nos alegran la vida. El segundo, un largo relato sobre la superación. El protagonista de esta historia, una gaviota bastante tozuda, quiere volar alto y rápido, mucho más de lo que una gaviota está preparada para hacerlo. El libro incita a realizar todo aquello que se desee, aunque parezca que es imposible lograrlo.

El viaje es tan largo que una vez que tomamos tierra siento que ya hemos hecho el regreso a Madrid de nuevo. 

El primer cambio que cae de bruces contra mí es el fuerte olor del aeropuerto. Ya estoy en La Habana. El calor es sofocante y rápidamente me quito la ropa de inverno que vestía para airear mi cuerpo al verano cubano. Todo parece extraño a mis ojos pero me gusta. Los coches de colección se apiñan en la puerta del aeropuerto. Los taxistas de color, muy delgados, te invitan a coger uno de ellos. Pero nosotros tenemos nuestro autobús y nuestro guía privado. “¡Cuidado con la picaresca, señores!”, nos advierte “y disfrutad de La Habana”.


Me gusta. Definitivamente es una ciudad increíble. Y me doy cuenta de esta sencilla afirmación con solo viajar del aeropuerto al hotel en autobús. Los coches conducen como quieren. No hay pasos de cebra y los peatones cruzan a toda prisa sorteando los coches que pitan veloces. Solo las principales avenidas cuentan con alumbrado público. Las demás están sumidas en una oscuridad asombrosa tan solo paliada gracias a las casas de los vecinos que, junto a sus habitaciones aireadas con ventiladores de techo, dan claridad a esas oscuras calles cubanas. 

Todo es diferente y eso llama mi atención constantemente. La noche se ha impuesto sobre la ciudad y la oscuridad me impide disfrutar de la imagen como me gustaría. De todos modos, veo los edificios derruidos, faltos de atención constante. Todas las ventanas están abiertas como si nos invitaran a los turistas a conocer lo que hay en su interior. Veo muchos ventiladores funcionando. Hace calor, un bochorno aplastante que me es desconocido. Salíamos de Madrid con mucho frío y ahora este calor veraniego resulta fascinante.
El hotel Plaza aparece ante nuestras miradas en la esquina de una enorme plaza habanera. La zona del hotel sí está iluminada, como así se encuentra el edificio que ocuparemos durante los próximos días. 

Ya deseo que el sol ilumine esta gran ciudad para poder disfrutar de ella. Pero para ello habrá que esperar hasta mañana, que sé que tenemos muchas sorpresas preparadas.