PETER PUPPET (V)

enero 22, 2014 2 Por amacrema
Pedro Pelele era un chico raro. Nunca consiguió vender su cara de pardillo por más que sus compañeros le invitaran a comprarse otra. Su falta de visión se iba agravando con el tiempo, por lo que sus gafas de culo de vaso se iban convirtiendo con el tiempo en culo de botella y después, en culo de garrafa de aceite de cinco litros. Mirarle a la cara era un espanto. Era inevitable reírse de él y no es por justificar a aquellos crueles niños que fueron muriendo uno a uno por entre las páginas del cuaderno rústico del señor Puppet. 
Al poco de nacer, se volcó el aceite hirviendo sobre una mano y no la perdió de milagro. En el centro hospitalario del pueblo norteño, el médico con menos luces de todos se ocupó de curarle. Le vendó la mano entera con la única venda que le quedaba, en vez de hacerlo dedo a dedo por ahorrar. Así, el pobre Pedro Pelele tuvo que vivir para siempre con una masa de carne en la que se dejaban intuir la existencia de unos dedos olvidados. Una maestra, despedida hacía años, preocupada por la frustración futura del niño, le cosió preciosos guantes de colores con los que poder ocultar su pequeña imperfección. Desde entonces, su mano izquierda más parece la de un muñeco de guiñol que la de un humano. Pedro Pelele escondió en una caja todas las manoplas con algún emblema femenino, como son las flores, las fresitas con ojitos y boquita, los muñequitos amarillos, las galletas y las magdalenas o los lapiceros de colores. Se quedó únicamente con las de colores lisos y taciturnos. 
De Pedro Pelele también destacaba su extrema delgadez. Su madre, siempre preocupada porque comía menos que un pajarillo frito, lo llevaba al médico una y otra vez. Pero al pequeño Pedrito no le pasaba nada malo. «Tantos pájaros tiene este niño en la cabeza que se comen todo lo que le entra por la boca.» Le decía el médico con guasa y despeinándole la cabeza, pero el médico aquel era un hombre sabio y lo sabía bien. Pedro Pelele siempre tuvo multitud de pájaros revoloteándole en la cabeza. 
Fijándose en cada una de las pelotillas que crecían de su manopla gris acentuada recordó que aún quedaba un último testigo sin declarar. Días atrás, antes de que el podre señor Krupp fuera terriblemente asesinado por su esposa, cosa que aun no se podía verificar puesto que existe la presunción de inocencia, Gregorio Cansa le metió con Pedro Pelele y con su mano de guiñol. 
Pedro Pelele nunca había contestado a las burlas de los otros niños. De hecho siempre supo que la indiferencia era el mejor castigo. Pero en aquel preciso instante, Peter Puppet estaba tratando de averiguar quién había matado a Gregorio Cansa escalabrándole con un almendruco pelado. El señor Puppet llevaba varios días recopilando datos en busca de aquel criminal que acabó con la vida de un pobre, rubio y pecoso niños hijo de padres con problemas adictivos. Primero pensó que fue su padre quien, harto del niño, le lanzó el artefacto a la cabeza. Después descartó esa hipótesis porque el grado de embriaguez le impediría acertar. Luego, pensó que quizá hubiese sido la madre de Gregorio Cansa quien, arrepentida de haber tenido un hijo tan insoportable y malcriado, desperdició su último almendruco y se lo tiró a la cabeza.
Continuará…