VIOLETTA

VIOLETTA

julio 22, 2015 0 Por amacrema
La fotografía fue tomada, posiblemente, a finales de los ochenta. Por aquel entonces yo era el típico pardillo de biblioteca. Me gustaba la fotografía, pero aquel arte tan solo podía ser un entretenimiento más, un placer que no me daría de comer, como ya se ocupaba de repetírmelo mi padre día tras día. Por eso, tal vez para no decepcionarlo, le dedicaba demasiadas horas al estudio y bastante pocas a la fotografía. No obstante, nadie podía impedirme que en mis ratos libres me dedicara a lo que realmente me gustaba. Tomé la fotografía de forma fortuita, robada. Ella no sabía que iba a ser fotografiada, sin embargo, miró mi objetivo con los ojos semiguiñados, y sonriente. Era bella; según todos, la más hermosa de la facultad. Ella sabía que todos la admiraban, por lo que trataba de aprovechar su liderazgo al máximo. Acababa de exhalar el humo de su boca en el instante en que disparé mi réflex, por eso su sonrisa está marcada por la postura redondeada de sus labios. Su mano ocultaba el cigarrillo que era evidente que sus dedos sujetaban. Estaba sentada sobre un trozo de tela colocado sobre el césped exclusivamente para ella. La rodeaban varias personas que la miraban e intentaban captar su atención. La halagaban y la admiraban. Pero ella no valoraba aquello que tenía y tuvo tiempo osado para mirar hacia otro lado mientras degustaba el humo de su cigarrillo. Por eso se cruzó con mi cámara, y conmigo.

−Parece que la han devuelto de los infiernos −dijo.

Me gustaría saber dónde había guardado aquella vieja cámara fotográfica. Seguro que no me había desecho de ella. Jamás la hubiera tirado a la basura. Eso hubiese sido absurdo. Intentaba recuperar los últimos momentos que compartí con ella, seguir la última pista de la que era consciente. Pero era inútil, porque solo conseguía recordar su imagen, no su paradero. Empezaba a temer que realmente la hubiera perdido. Aquella cámara había ocupado los momentos más felices de mi vida y era evidente que marcó un antes y un después. ¿En qué momento decidí guardarla para siempre? Una guarida tan bien elegida que no lograba recordarla.

−A ver si tú consigues que diga algo, está absorta −añadió.

Le sonreí y abrí la puerta sigilosamente. La imagen que esperaba ver era tremenda. Me habían advertido varias veces del horror que expresaban sus ojos. Supongo que cuando varias personas coinciden en una descripción la haces tuya propia. No necesitas verlo para creerlo, ni vivirlo para saber lo que ha ocurrido. Dicen que esos son prejuicios que hacemos sobre otras personas, siguiendo a rajatabla lo que otras personas han querido contarnos. Es una manera totalmente injusta de empezar a trabajar. Era consciente de que llevaba ya una idea preconcebida sobre lo que le había ocurrido. También sabía, porque me lo habían contado, que no iba a decirme nada. Llevaba varios días en silencio rotundo, sentada en una silla, ensimismada con el arrullo de los pájaros y el vaivén de las hojas de los árboles que veía desde su ventana.

−¿Qué le han hecho? −le pregunté regresando sobre mis pasos y hablando entre suspiros. Me devolvió la pregunta con una simple mirada. Una mirada que me dijo demasiadas cosas.
Hablar con la mirada no es algo fácil. Tal vez necesitas conocer a una persona demasiados años para conseguir llegar a esa comunicación visual. Pero había conseguido crear esa conexión con todo el mundo. Posiblemente, esto fuese a consecuencia de mi placer por la fotografía. Con solo una imagen, una instantánea, la foto debe expresar muchas cosas, hablar, transmitir sentimientos. Era evidente que en aquella fotografía no reflejaba una felicidad real. Sus ojos tan solo demostraban una gran inestabilidad social, una personalidad demasiado débil. Las personas que la halagaban la sujetaban en lo más alto y ella solo podía aprovechar ese apoyo interesado, a sabiendas de que, cuando la soltaran, caería por su propio peso, estrellándose contra el suelo. ¿Sobreviviría a la caída? Era fácil vaticinar que no.

Entré, sin más, y cerré la puerta de un portazo. Necesitaba captar su atención, que me mirara, que recordara que era yo aquel que se escondía tras el objetivo de la cámara. Pero no se inmutó. Parecía no respirar, no parpadear, no mostrar la necesidad de estornudar si quiera. Dejé el maletín sobre la única mesa que había en mitad de la sala. Me acerqué con una silla y la puse frente a ella. Necesitaba volver a mirarla, comprobar que aún podría quedar algún resquicio de la lideresa que fue. Sus ojos volvieron a postrarse en mí, en el objetivo de mi cámara. Era la misma mirada inestable, sobrante, débil. ¿Qué te han hecho? Me pregunté a mí mismo sin decir nada. Tenía el rostro desfigurado, el pelo rubio caía a mechones por el rostro, como escondiendo el miedo y la vergüenza. Me di cuenta entonces de que no habían exagerado, al contrario, se habían quedado cortos con la descripción de Violetta.

−Necesito que me cuentes qué ha pasado −silencio, −sino, no podré ayudarte − más silencio.

Empecé a sacar papeles y más papeles del maletín, debía seguir el protocolo. Aún no entendía por qué me habían asignado aquel caso. ¿Casualidad? No, yo no creía en las casualidades. Pasé mucho tiempo frente a ella esperando algún indicio de vida más allá de su mirada. Saqué la foto y la observé una vez más. Quería encontrar alguna respuesta en aquella imagen que tomé veinte años antes. Se la acerqué para que la mirara. Y fue entonces cuando su corazón se estremeció. Se levantó de la silla de tal modo que salió despedida. Empezó a girar sobre sí misma, a correr de un lado para otro, a gritar desesperada y a autolesionarse con las pocas uñas que aún le quedaban.  Inmediatamente entraron los enfermeros y la sedaron. Puro espectáculo para los pocos que paseaban por allí en ese momento.

−Veinte años son muchos años –sostuvo, mientras mirábamos anonadados cómo los enfermeros la maniataban a la cama.

Miré de nuevo aquella fotografía que aún mantenía sujeta con mi mano. Aquella imagen la había puesto así, sin duda. Y, entonces, me di cuenta. Veinte años con aquella imagen guardada y nunca me había percatado de ello. Alguien más miraba el objetivo. Lejano, curioso, expectante. Empecé a ponerme nervioso. Sentía cómo me sudaban las manos y me temblaban las piernas. Busqué un lugar para sentarme y desabrocharme el nudo de la corbata. Me trajo rápidamente un vaso de agua sin entender nada. Empecé a sentirme culpable. Culpable por algo que no tenía culpa, pero que sí podría haberlo descubierto a tiempo. Estaba preparado para llevársela en el primer descuido. La quería exclusivamente para él. Lo había rechazado varias veces, lo había ridiculizado y había provocado que el resto se burlaran de él. Violetta tenía todo ese poder, pero no sabía que minutos después lo perdería para siempre.

amacrema