SABOR A CAYENA Y A MIEL

¡¡Hola a todos!! He estado tomándome un descanso mientras me adaptaba al nuevo curso, pero no me he olvidado de vosotros. Sigo aquí con las pilas cargadas para dar mucha guerra todo el invierno. Ya está aquí noviembre, uno de mis meses predilectos, como ya sabéis. Y para celebrarlo voy a empezar compartiendo algo que me habéis pedido y suplicado durante todo el verano: el relato con el que quedé finalista del III certamen de Narrativa corta Villa de Socuéllamos. Hoy os dejo el primer capítulo, Mariposas, y espero que lo disfrutéis. Espero ansiosa vuestros comentarios. Un fuerte abrazo para todos los que seguís al otro lado de la pantalla. Feliz noviembre. Sed felices.

                                                                    I. Mariposas
Se pintó los labios con una barra color nude. Con brillo. Se miró durante algunos instantes al espejo y se sonrió a sí misma. Había empezado a saltarse cualquier prejuicio. La charla con sus hijos esa tarde la había liberado. Sin duda. No había podido evitar sentirse culpable por lo que estaba haciendo. Parecía una adolescente que le oculta a sus padres una relación amorosa. Se perfumó. Volvió a observar el maquillaje perfectamente aplicado y salió del cuarto de baño.

mariposas20decorativas20de20papel20reciclado201Sobre su cama la esperaban dos posibilidades: un vestido negro con las mangas de encaje o un traje de chaqueta crudo con un cuerpo negro. Sobre su mesa- escritorio el ordenador portátil mostraba con una luz intensa las imágenes del famoso restaurante. Prometían privacidad y alta cocina de diseño. No aparecía ningún precio en la carta. Platos perfectamente elaborados para pasar una velada agradable. Sabía que debía estar a la altura. Vestido negro. Salones del mismo color y cluch plateado. Se miró en el espejo de su dormitorio. Estaba perfecta. Sonrió.

Bajó las escaleras con precaución de no caerse. Desde muy joven se había acostumbrado a deslizarse con elegancia allá por donde fuera. Como si sus pies apenas rozaran el suelo. No importaba el calzado. Cogió el teléfono de la entrada y pidió un taxi. En diez minutos estaría allí.

Se cubrió el cuerpo con un abriguito corto de pelo de zorro. Lo compró hace décadas en una feria vintage con apenas varios usos. Había sido, sin duda, una de las mejores compras que había hecho. Miró desde el pasillo la mesa de la cocina y se visualizó esa misma tarde allí sentada, rodeada de las miradas de sus hijos. El peluche del pequeño Gonzalo se había quedado sobre una de las sillas. Le encantaba ser abuela. En contra de lo que se pudiera pensar, la hacía sentirse mucho más joven.

Escuchó el coche parar en la calle. Apagó la lamparita del mueble de la entrada y salió cerrando tras de sí la puerta.

− A Ten con Ten, por favor− le dijo al taxista.

Apenas tardó veinte minutos en llegar. Le asaltaron las dudas. No sabía si debía entrar o esperarlo fuera y llamarle por teléfono. Recordó que hace algunos días su hijo pequeño le había instalado en el móvil una aplicación para mandar mensajes. La misma a la que todo el mundo estaba enganchado. Él también la tenía instalada en su teléfono móvil. «Ya estoy aquí», le escribió. Recibió de inmediato una respuesta: «Entra, alguien te acompañará a la mesa». Pagó al taxista y le agradeció amablemente el servicio antes de salir del vehículo.
Efectivamente, el maître la saludó en la entrada y le pidió que lo siguiera. Pasaron casi entre bambalinas. Nadie podía verla por la cantidad de cortinas que separaban pequeñas salas privadas. Se sentía tremendamente especial. Estaba viviendo un sueño del que nadie era aún partícipe. Esa privacidad la hacía importante. Y no era para menos.

Él ya estaba allí. La esperaba sonriente con una copa de vino ya servida. Nadie estaría con ellos en su reservado. Se levantó de la mesa para besarle con sutileza la mano.

−Bella −le dijo, −como siempre.

Retiró la silla para dejar que se sentara y la ayudó a ponerse cómoda en la mesa. Después, regresó a su sitio y puso la servilleta en sus rodillas. El maître entró con ellos para darles la bienvenida y agradecerles la confianza. Era obvio que alguien más empezaba a conocer aquella relación. Le temblaron las manos y tuvo que sujetárselas con disimulo. Uno de los camareros les contó con detenimiento el Menú del Chef: siete degustaciones de altura acompañadas por uno de los mejores vinos del país.

Charlaron de forma distendida y amena hasta altas horas de la madrugada. Había comido más de lo que estaba acostumbrada. Los años impedían el fácil metabolismo y permanecer delgada cada vez era más complicado.

(Capítulo I, Sabor a cayena y a miel, tercer finalista III Certamen de Narrativa corta Villa de Socuéllamos)

amacrema

2 comments

    • amacrema says:

      Muchísimas gracias Ana. Espero que te esté gustando la historia. Ya solo queda el último capítulo, que lo publicaré en breve.

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