FELICES FIESTAS

Dicen que en Navidad las salas de espera de los hospitales se llenan de familiares tras las peleas. También señalan que en estas fechas se registra el mayor número de divorcios del año. Tal vez la felicidad con la que nos deslumbran los anuncios de Navidad no sea cosa cierta. He oído afirmar a algunos que “odian” estas fiestas. Todo parece contradictorio porque se supone que son días de reencuentros, de comidas caras y de hincharse a dulces pensando en cada bocado que “ya lo quemaré mañana”.
A partir de esta semana todas nuestras agendas empiezan a estar llenas de eventos, cenas y comidas, y los armarios brillan con luz propia sus mejores galas. Es tiempo de sacar aquel vestido negro, precioso, del fondo del armario o la chaqueta de lentejuelas que en cualquier otro momento vemos una horterada. 
Y, mientras algunas disfrutan pensando modelos con los que deslumbrar a amigos y familiares, poniéndose buenas mascarillas en el pelo o haciendo rituales para mostrar un cutis perfecto; otros se dan de bruces con los precios de los menús navideños de los restaurantes. Porque, sí, esa ensalada de perdiz de primero y la elección entre dos carnes o dos pescados es el mismo menú del día de quince euros de todo el mes de noviembre. Lo bueno es que, al menos, lo adornan con el mejor postre de navidad para que nuestros estómagos no se queden con hambre.
Lo mejor es, sin duda, los paseos por las calles comerciales. Todos los establecimientos se rinden a las luces, los espumillones de colores, las alfombras rojas y las flores de pascua. Calles iluminadas que invitan al consumo. Y nosotros, los consumistas o consumidores (como más nos guste llamarnos), tenemos que pensar en el regalo de Navidad y, ya que estamos, también el de Reyes: para mi madre, para mi padre, para mi abuela, mi tía, mi hermana, mi pareja, mis hijos. Y si alguien despistado pide consejo sobre qué regalar a los suyos, qué mejor que enumerar en una imaginaria lista todo lo que hemos comprado para ver si así se le enciende la bombilla y se le ocurre una idea mejor que todas las tuyas. 
Y no olvidarnos de la televisión estos días. El resto del año maldecimos al canal por interrumpir en la cúspide más alta de intriga nuestra serie favorita; en cambio, durante estas entrañables fechas deseamos que la publicidad dure un anuncio más. Y cuando acaba y continúa la serie, encontramos el momento idóneo para ir al baño. Hay que confesar que nos encantan esas casas tan perfectamente decoradas, las mesas tan bien vestidas, los abrazos y los besos del que vuelve a casa, los juguetes, los bombones y, cómo no, los actores que nos venden con sus musculosos cuerpos las fragancias más maravillosas del año.
Entonces, ¿con qué nos quedamos? Personalmente voto por las caras de ilusión de miles de niños y de niñas que la tarde del cinco de enero saludan, en brazos de sus padres, a sus majestades los Reyes Magos de Oriente. Ya que los pensamientos de sus padres están puestos en los gastos de esos días, en los kilos que han cogido y en los propósitos incumplibles para el año nuevo. Aunque sin duda, lo que peor llevan es el próximo siete de enero cuando, al fin, dejan de odiar la navidad para añorarla y poner todos sus mejores deseos en que las siguientes se apresuren en llegar. 
Felices Fiestas.
África Crespo

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