PASEOS

Lo observo a diario por el cristal de mi ventana. Una vez por la mañana y otra por la tarde. Va y vuelve, de esquina a esquina, con paso débil. Se detiene cada dos baldosas a tomar el aire; se apoya con sigilo en su bastón oscuro de madera y retoma una vez más el paso. Lo pierdo de mi campo de visión y espero con paciencia a que el final del camino, su camino, le haga recuperar el paso en sentido contrario.
No sé si es el frío tiempo que ahora tiñe el ambiente la causa de su ausencia. Pero hace días que no veo al anciano pasear frente a mi ventana. Me pregunto dónde estará, con quién, que andará haciendo y por qué ha abandonado sus paseos matutinos y vespertinos.

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