LOS CUENTOS DE HADAS TIENEN FINALES FELICES

−Vamos chicos, es tarde.

Y vuelve a salir con la sutil elegancia que la ha caracterizado siempre. Todavía recorre los pasillos de nuestra casa con la bata azul que papá le regaló por su décimo aniversario.
Salimos de casa siempre tarde, corriendo y con mamá agitada. Íbamos con la hora pegada. Como todos los días. Subí corriendo las escaleras de la escuela, con la mochila golpeándome en la espalda en cada escalón. Apenas me había despedido de mamá con un rápido e inapreciable beso a la entrada del colegio. 

−¡Te veo a la salida!

Me gritó cuando yo ya había subido la mitad de los escalones que me separaban del primer piso. En ese preciso instante entraba el último rezagado como yo antes de que la maestra cerrara tras de sí la puerta. Me vio y me sonrió al tiempo que con la cabeza me hacía un simpático gesto para que entrara en el aula. Después de mí, ya sí, cerró la puerta. 

Sacamos cuadernos, libros y estuches mientras ella nos explica con un calmado entusiasmo los planes del día. Aquella mañana algo en su cotidianidad cambió. Se detuvo ante su mesa callada y se paralizó como hipnotizada observando pasmada algo por la ventana. Sus ojos no se desviaban, su mirada seguía un punto fijo que, según mis inocentes hipótesis, debía darse justo enfrente de nuestra posición, pero al otro lado del bloque. No sería difícil que mi maestra anduviera observando algo sorprendente de las aulas situadas justo enfrente de la nuestra, al otro lado del inmueble y en esta misma planta. Vi cómo atrapó las llaves que tenía encima de su mesa. Lo hizo con un golpe seco, para evitar que unas chocasen contra otras e hiciesen algún ruido. Se acercó a la puerta y echó la llave sin hacer el menor ruido. Observé al resto de mis compañeros para ver si ellos se percataban también, como yo, del extraño comportamiento de nuestra maestra aquella mañana. Pero nadie la miraba. Ellos aún sacaban el material para ponerlo encima de la mesa o susurraban algo gracioso al oído del compañero. Volví mi atención a la maestra viendo que nadie lo hacía. Ahora estaba de pie, apoyada en la pizarra sujetando las llaves con firmeza entre ambas manos. En ocasiones miraba de reojo hacia la ventana. Después sujetaba la mirada fija ante nosotros. Estaba pálida. Tiritona. Seria. Yo quise hacer lo mismo y seguí mi vista hacia donde lo hacía su mirada, sin embargo, apenas podía ver un cielo azul impoluto con algunos pequeños cúmulos de nubes blancas y el inicio del edificio del colegio. 

Mi maestra se decidió a empezar la clase con la voz calmada y con la excelente pronunciación de las palabras como era habitual. Nos propuso un juego para romper, dijo, con la rutina monótona de todos los días. Se sentó en el suelo y nos pidió que hiciésemos lo mismo. La seguimos ilusionados y entusiasmados por conocer en qué consistiría aquella inusual actividad. Comenzó a relatarnos un cuento de príncipes y princesas y nos pidió imaginar que nosotros éramos esos mágicos protagonistas. Éramos bellos príncipes y maravillosas princesas que habíamos sido capturados por un horrible ogro y nos tenía detenidos en un castillo encantado. El malvado ogro nos castigaría si hablábamos o hacíamos algún tipo de ruido. El juego-cuento consistía en permanecer lo más callados posibles para que pudiésemos percibir el silencio y así conseguir fuerza mágica para vencer al ogro. El más mínimo ruido fortalecía al malvado, en cambio, el silencio absoluto lo debilitaba. Se puso la maestra avanzó a gatas gesticulando el silencio hacia el final del aula. Con un gesto nos pidió que la siguiéramos en la misma postura y con el mínimo ruido. 

−No os levantéis− nos dijo bajo susurros casi imperceptibles. 

Y fue haciéndose camino entre nosotros. Abrió la puerta del cuarto de los abrigos extendiendo el brazo todo lo que pudo, pero sin elevar su cuerpo del suelo.
−Aquí las princesas y los príncipes estarán mucho más seguros− dijo. 

Consiguió que todos cupiéramos en aquel minúsculo habitáculo colocándonos con cuidado como si fuésemos piezas de coleccionista. Cerró la puerta con sigilo como pudo. La segunda parte del juego consistía en invocar a un valeroso héroe para que socorrieran a los príncipes y las princesas. Para ello, tendríamos que taparnos fuertemente los oídos con nuestras manos y tararear la canción que nos había estado enseñando durante la semana de forma inaudible para el ogro. Debía ser un cántico interior, profundo y casi espiritual para que el héroe lo escuchara, pero que el malvado ogro no se hiciera aún más poderoso. Así lo hicimos. Ella también gesticulaba moviendo sus labios rojos, pero no tapaba con fuerza sus oídos como nos había ordenado a nosotros. 

Un rápido y fuerte golpe en la puerta nos sobresaltó a todos, pero supo actuar a tiempo y nos exigió silencio con la orden en su mirada y su índice postrado en sus labios. De nuevo, el golpe seco se repitió y fue cuando empezamos a asustarnos. Nadie se movió, nadie hizo el mínimo ruido. Ante el terror de cualquier otra teoría, todos decidimos creer la historia de la maestra. Al cesar los escalofriantes golpes, nos felicitó por alejar a aquel horrible ogro y nos pidió que siguiéramos invocando al valiente héroe porque ya pronto llegaría a rescatarnos. Fue el momento en el que mis tripas empezaron a rugir con furia. No podía ocultar aquel ruido que provocaba la risa entre mis compañeros. Reían por lo bajini. Ellos también sentían el grito de sus estómagos vacíos. Era la hora de comer. O tal vez ya se habría pasado. 

Empezaron a cansarse del juego. Pero la voz dulce y pacífica de la maestra los convencía de que continuaran y consiguiésemos, entre todos, llegar hasta el final. Algunos llegaron a dormirse mientras susurraban las letras de la canción. 

Empezaba a hacer calor ahí dentro. El sudor que ya me caía por la frente se unía al hambre y la insaciable sed que comenzaba a abrir boca en mi cuerpo. Nadie se movía. Nadie se quejaba. Pasado el tiempo, volvimos a oír fuertes golpes en la puerta. Esta vez fueron menos bruscos. Fueron golpes secos, pero suaves. Una voz ronca y cansada indicó que se trataba de la policía. Vi cómo la maestra respiraba aliviada después de horas de infierno. Se levantó como pudo mostrando muecas de dolor y tocándose las rodillas. Apartó algunos niños que dormitaban sobre ella y abrió con sigilo y prevención la puerta. Sus ojos de pánico se convirtieron en luces de alivio. Habló unos segundos con un policía alto y corpulento. Sus siseos monosílabos eran inaudibles. Se volvió hacia nosotros dibujando una dulce y cariñosa sonrisa en su cara. Aún nos quedaba una última prueba que pasar para conseguir que nos rescatara aquel valeroso caballero. Despertó con un amor maternal fascinante a los pocos que aún permanecían caminando entre sueños alegres. Nos felicitó por lo bien que estábamos desarrollando el juego, solo nos quedaba escapar de aquel terrible castillo. El ogro había sido ya capturado, pero aún quedaban pícaros duendes cuya única función era devolvernos a aquella oscura mazmorra. No obstante, existía un infalible truco para librarnos de tales maldades. 

−Poneos en pie y formad una fila− explicó la maestra en su vocalizado y perfecto inglés. −Tomad a vuestro compañero de delante posando ambas manos sobre sus hombros.− Ella misma nos iba colocando de la manera que explicaba para que ninguno tuviésemos dudas. −Cerrad los ojos y haced de vuestras orejas vigorosos algodones que ensordezcan oídos.− Todos estábamos un poco desconcertados ante sus trucos infalibles, pero, no obstante, seguimos puntillosos todas y cada una de sus instrucciones. −Y no olvidéis, mis niños, por nada del mundo abráis lo ojos. Oigáis lo que oigáis; sintáis lo que sintáis. Pensad que son duras pruebas de los abominables duendes para que caigáis en su trampa.

Así fue. Tomamos rumbo a la calle. Llantos y gritos nos hacían temblar de pánico, pero nadie abrió los ojos. «¡Son los repudiables duendes!» me gritaba en silencio reiteradamente para no caer en la tentación de despertar de la inocencia.

−Ya estamos en la calle. Sólo cuando vuestros padres os toquen podréis despertar y será cuando acabe el hechizo.

Pronto sentí el fuerte y poderoso abrazo de mi madre que me permitió abrir los ojos. Estaba fuera del colegio, en el jardín que da paso a la majestuosidad del edificio. Todos los niños estábamos fuera, rodeados de coches de policías, ambulancias y madres desesperadas envueltas en llanto. Yo aún permanecía consternada y confusa por lo que estaba ocurriendo. Aquel cuento de hadas quedaría marcado por siempre en lo más profundo de mi alma. Desde aquel día creí para siempre en esos cuentos de princesas, príncipes, castillos y ogros, porque existen y el final feliz o desgraciado ya solo depende de nosotros. 
Esta es la imagen de inspiró el relato «Los cuentos de hadas tienen finales felices». Espero que os haya gustado. 
Masacre en una escuela de Newton (Connecticut, EEUU) en diciembre de 2012

amacrema

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