Relato de otoño

Buenos días a todos. Ahora que octubre va llegando a su fin y que parece que el otoño ya está de lleno con nosotros quería recuperar viejos relatos que escribí inspirada en estos días. Así de paso, me recupero de los últimos acontecimientos familiares y termino de escribir varios post que tengo a medias y que sé que os gustarán.

Ya sabéis que sería ideal que, aprovechando que vienen las lluvias, cojáis una taza de té calentita y leáis este relato bajo una manta en el sofá. Ya me contaréis qué os parece.

LOS SANTOS DE OTOÑO

Era imposible decirle que no. Es difícil negarse a una petición de ese calibre. Tan solo me quedé algo exhausta con la propuesta porque jamás me había planteado visitar aquel campo santo. ¡Qué egoísmo por mi parte! Me dijo que no tenía quién la llevara, que estaba lejos y que cada vez le costaba más caminar tantos kilómetros. Por ello, sin meditarlo, el treinta y uno de octubre me encontré visitando aquel que describen como «lugar de descanso». En esas fechas de tanto ajetreo un cementerio no tiene nada de tranquilo, sino todo lo contrario. Ese lugar apartado se convierte en un punto de peregrinación para todos los vecinos del pueblo. Es usual reencontrarse con caras conocidas o, incluso, la oportunidad de conocer a alguien resulta ser la adecuada.

Además, esa fecha tan señalada en el calendario parece dar la bienvenida definitiva al aclamado otoño. Ya nadie va en manga corta, a pesar de que el sol siga presidiendo nuestras cabezas. La lluvia quiere volver como cada año a regarnos con su alegría. Los árboles se vuelven a quedar calvos y las hojas, aún postradas en el suelo, nos conforman una alfombra marrón para invitarnos a pasear por la estación. Se mezcla tradición con gastronomía exquisita. Es tarde de meriendas con buñuelos de vientos y castañas calientes. El frío parece arreciar por las calles del cementerio y, tras la visita al pasado, es entrañable compartir con la familia una merienda dulce y caliente. 

Me sorprendió muchísimo no encontrar ningún hueco para aparcar en un aparcamiento tan enorme. Un florestero hacía su agosto en la puerta aunque nosotras, al igual que otra mucha gente, llevábamos flores artificiales. Algo bien pensado en este puente lluvioso. Las flores son del campo, si las cortamos, se mueren. Apenas duran unos días apartadas de su naturaleza, pronto se marchitan y se pudren. En cambio, las artificiales pueden durar bellas y frescas hasta la eternidad.

De camino a la tumba, mucha gente limpiaba las de sus familiares. Mayores, niños y no tan niños hacían cola para coger el agua con la que frotarían las losas tan manchadas por el paso del tiempo. Una mujer daba órdenes a sus hijos para empezar a limpiar. Un hombre dejaba flores blancas a la monumental tumba de su pobre esposa recientemente muerta por esa terrible enfermedad llamada «cáncer». ¡Maldito cáncer!

Al fin llegamos. Me coloqué frente a la piedra gris llena de recuerdos y de sentimientos. Tristes en principio, pero alegres por la larga vida que tuvieron. Miramos mi abuela y yo la tumba de su madre. E imagino que, bajo su cuerpo posiblemente ya desaparecido por el paso del tiempo, su marido reposa junto a ella hasta la eternidad. A su lado, descansan también sus padres, los abuelos de mi abuela, mis tatarabuelos. Se me pasan demasiadas cosas por la cabeza frente a aquella tumba. Es increíble que bajo aquel mármol frío y polvoriento estén los cuerpos de mis antepasados más recientes, mis orígenes, aquellos gracias a los cuales yo estoy en el mundo. Aguardo pensativa mientras mi abuela va a la fuente multitudinaria a coger agua para limpiar la tumba. Su tumba. Su «pisito» como ella lo llama. Es terrible pensarlo con tan solo veinticuatro años, pero no con setenta y cinco cuando sabes que el final está cerca, aunque no sepamos con certeza el cuándo.

−Aún hay un hueco− me dice ella al volver con su trapo húmedo.

Aquí es donde ella descansará para la posteridad. Yo me río:

−¡Abuela no digas esas cosas!

Pero tiene razón, a todos nos llegará el momento. Me río, pero preferiría llorar. La veía frotar esa cagada de pájaro que se había postrado sinvergüenzamente sobre el nombre de su padre, pero en algún momento será mi madre o seré yo quienes limpiemos esa asquerosa mierda.

−¡Seremos vecinas!− le dice contenta a la mujer que limpia la tumba de al lado.

−No, yo aquí ya no quepo, iré a otro lado. Aquí va mi madre cuando muera, que ya está muy mala la pobre.

Yo no daba crédito a la conversación. ¡Hasta qué punto tan macabro llegamos los seres humanos! Por algo dicen que es mejor tomarse las cosas con alegría y humor que vivir tristes y amargados. Mi abuela había decidió tomárselo así. O tal vez es la triste idea del paso inevitable del tiempo.

En realidad ella tenía razón. La vida se va y cuando tienes una edad avanzada se ve cada vez más cerca. Parece que va llegando el final, o el comienzo de otra cosa; de la misma manera que se acerca un tren a una estación donde gente, cansada de aguardar, espera su inminente llegada. Poco a poco ese tren se va acercando, tranquilo, pausado, pero sin detenerse en la distancia más lejana. Y, cuando llega, no tenemos más remedio que montarnos y partir a nuestro destino. No somos inmortales, nadie es inmortal. A todos nos llega el momento y, aunque nadie sabe cuándo, las personas mayores sí son conscientes de su pronta llegada.

Ellos ya están en esa estación, esperando. Y de lejos, comienzan a verse aquella luz que se acerca sigilosa desde el horizonte. Pero todavía no llega. Aún no. El tren siempre avanza con tranquilidad. Hay tiempo para llegar. No hay prisa. Saben que les queda tiempo suficiente para recoger sus cosas y despedirse de todos aquellos que le han acompañado hasta allí. Nosotros. Ellos. Todos. Pero cuando el tren llega, hay que montarse. No queda más remedio. Hay que asimilarlo. En aquel cementerio muchos habían partido ya en ese tren, otros esperaban su llegada y otros, como yo, observábamos todo aquello como lejano, ajeno.

−¡Vamos a ver a la tía Inés y al tío Manuel!

Podía recordar quienes eran perfectamente. Al tío Manuel no lo había visto jamás, pero me habían hablado tanto de él que era como si hubiese podido compartir con él largas tardes de invierno. A la tía Inés sí. La recuerdo igual que a Clara, nuestra Clara, su hermana. Vestida de negro, siempre de negro. Apoyada de pie en la puerta de su casa, esperando a que entráramos y darnos unos dulces para merendar. Era igual que Clara, eran dos gotas de agua cansadas por la larga vida caminada, pero felices por haber podido compartir tantas cosas juntas.

Mi madre siempre le recuerda a mi hermana que ella fue la última que habló con la tía Inés. Después de su conversación telefónica se cayó y ese fue su final. El mismo que el de Clara. Quería recordar esa anécdota porque mi hermana siente cierto respeto ante el hecho de haber sido la última persona que había hablado con la tía Inés.

− ¿Dónde está tu abuela?

  • Con la tata en la habitación, ¿le digo que se ponga?
  • No hace falta hermosa, solo quería saber cómo estaba Clara.
  • No lo sé, creo que está malita, todos están con ella en la habitación. No me dejan entrar mucho. Aunque yo me cuelo para hablar con ella.

Mi hermana tenía ocho años por aquel entonces. Era inocente, como cualquier niño a esa edad. Es maravillosa esa dulce inocencia que guardan los niños. Ojalá y pudiéramos mantenerla siempre. ¡Bendita inocencia infantil!

Continuamos el camino entre las calles del cementerio. Multitud de mujeres limpiaban las tumbas de sus antepasados con batas de colores o simplemente el chándal. Algunos niños aprovechaban el encuentro y jugaban sorteando tumbas riendo  y yendo de aquí para acá mientras ignoraban las regañinas de sus madres. Algún que otro hombre cargaba los bultos pesados de un lado para otro y portaban los cubos llenos de agua desde la fuente más cercana. Todo estaba lleno de flores. Allá donde miraras tan solo se veía color sobre fondos grises y blancos. Miré con detenimiento las majestuosas criptas de los más adinerados. Muchas de ellas con grandes cúmulos de polvo. Parecían estar olvidadas.

  • Ya hemos llegado− explicó mi abuela deteniéndose frente a la losa de mármol.

Aquella tumba tenía también flores de colores sobre los mensajes más entrañables: «Tu familia no te olvida»; «Fuiste el mejor esposo»; «Descansa en paz junto al amor de tu vida». Simples notas con grandes significados bajo los que pasarán tranquilos el resto de la eternidad. Permanecemos algunos momentos ante la gran caja de mármol. No puedo evitar girar sobre mí misma y observar la zona de las tumbas más antiguas. Algunas dejan ver sarcófagos pobres de madera y otras señalan con una simple cruz el lugar exacto del enterramiento. Dos mujeres limpian con fuerza una de esas cruces. Me entristece. No sé si las condiciones económicas de la familia no se pudieron permitir un enterramiento mejor. Aunque mi alma de literato me asegura que bajo aquel trozo de tierra descansa un antiguo antepasado suyo, aquel a quien ni siquiera conocieron.

Seguimos el camino cogidas del brazo. Mi primera visita al cementerio la ha alegrado tanto que quiere enseñarme el lugar de descanso de todos mis familiares. Aprovecho la cercanía ante una de esas cruces y me aproximo a ver la fecha señalada: «1895». Trago saliva. Es increíble que bajo mis pies lleve tanto tiempo un cuerpo enterrado. Una persona que un día fue alguien en el pueblo.

La tumba de una chica de veintiún años sorprende a todos. Les hace detenerse. Observar su fotografía y leen varias veces su nombre. «¡Es increíble!», dicen algunos. «¿Qué le pasaría?», se preguntan otros. La muerte sorprende tan solo antes de los sesenta y cinco, después, tan solo es un mero trámite. Nadie se acerca a la piedra y tras leer «ochenta y siete años» se conmueve.

  • ¿Esto está así siempre?− pregunto a mi abuela de camino hacia la puerta.
  • No, suele estar muy tranquilo. Apenas hay nadie nunca.
  • ¿Y las flores? ¿Después de este día se van perdiendo y ya hasta el año que viene? –Siempre me ha perseguido una gran curiosidad.

Las flores le daban a aquel lúgubre lugar, sin duda, un aspecto más alegre. Me giré por última vez ante la inmensidad del cementerio y volví a ver todo lleno de flores. Era una estampa hermosa.

  • Sí, eso sí. Siempre está todo lleno de flores.

Volvimos al coche saludando a todos los que se cruzaban con nosotras. Hicimos el viaje de vuelta recordando viejas anécdotas. Me contaba sus historias de infancia, los escasos recuerdos que aún tenía de su padre. Se reía de aquellas escenas que la hicieron feliz en el pasado. Yo me limitaba a escucharla y cuidar mi conducción por el camino de vuelta. Eran muchos los coches que íbamos y veníamos por aquel paseo lleno de enormes cipreses.

La dejé en su casa y vi cómo se bajaba con dificultad del coche. Se despidió de mí hasta el día siguiente y esperé, escuchando tranquila la música de la radio, a que entrara en el portal. Hice una parada obligada en la pastelería.

  • Buñuelos de viento, por favor.

Aún se me había quedado una extraña sensación nostálgica en el cuerpo. Parecía que solo eran grandes cajas de mármol bien colocadas, alineadas y formando calles. Pero, verdad, bajo aquellas losas descansaban personas que un día tuvieron una vida, una familia, un amor y una historia que contar.

Llegué a casa con una sensación extraña. Me encontraba entre la tristeza por los que un día estuvieron y ya no están, pero, sobre todo, me sentía orgullosa de haber acompañado a mi abuela. El hecho de haber ido con ella a visitar la tumba de sus padres me había hecho sentirme plena y gloriosa.

Las risas y gritos de los niños desde la calle me hicieron acercarme a la ventana. Muchos de ellos correteaban felices disfrazados de brujas, de zombis y de fantasmas y llamaban a las casas pidiendo caramelos. Me parecía increíble cómo se estaba españolizando una tradición tan anglosajona como aquella. Había tenido una tarde de contrastes, sin lugar a dudas.

Me retiré de la ventana y mis ojos decayeron en su imagen; la última fotografía en la que mi hermana y yo posamos junto a Clara, nuestra Clara. Tomé el portarretratos y los besé sabiendo que ella me devolvía aquel beso desde el cielo.

Deseo que os haya gustado este relato de otoño.

Pasad un feliz día. Nos leemos en el próximo post. Un abrazo. amacrema.

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Un día con amacrema

¡Hola a todos! Feliz comienzo de semana. Ya martes, !qué bien! Hoy os cuento un día con amacrema.

Me apetecía mucho compartir un diario con vosotros. Y, además, sé que os gusta leer rutinas y lifestyle. Así que, aquí va: Un día con amacrema.

¡Recordad compartir el post para que llegue a más lectores!


Mi día comienza muy temprano. Cuando le doy a Cayetano la última toma de la noche, o la primera del día, según queramos verlo. A eso de las 7,30 salgo de la cama con ganas de afrontar un nuevo día. Tengo todo planeado, pero en verdad no sé qué nos va a deparar.


Me pongo la ropa deportiva y salgo a andar hacia las 8. Voy escuchando alguna entrevista interesante. Me evado y pierdo en mis pensamientos. Sé que tengo un rato para mí. El audio me impide escuchar los ruidos de la calle. Pero están ahí, como una película muda.

Los coches van y vienen llenos de familias que empiezan su día. Los adolescentes van a clase cargados de mochilas. Parece como si las arrastraran. Algunos llevan ilusión otros van desganados. Los padres los llevan con caras de sueño. Después se irán al trabajo. O volverán a casa. ¿Quién sabe?


Hay mujeres mayores que caminan conmigo. Van de cháchara. El gimnasio empieza a llenarse de gente.


Me encanta pasear entre las casas. Huele a desayuno: pan y croisanes recién tostados, café en la cafetera y leche con cola cao caliente. Los más pequeños se preparan para ir al cole.


Cuando vuelvo a casa me esperan abrazos, sonrisas y besos. Me encanta ser mamá. Creo que no hay nada más bonito que la maternidad. Ese “mamá” que escuchas ilusionado y feliz por verte. Ese abrazo fuerte al cuello que te envuelve. Y esa sonrisa que ilumina cualquier mañana gris.


Le doy el desayuno a Chencho si no ha desayunado ya. Su bibe de leche y una tostada con aceite y aguacate. Me preparo un café. Observamos cómo sale el café caliente de la máquina y cómo saltan las tostadas del tostador. Desayunamos juntos.


Me lo llevo al cambiador para vestirlo. Es pequeño, pero empieza a tener claro lo que quiere ponerse. Me abraza y acaricia feliz porque estoy con él. Le echo su colonia y lo peino. Me lo como de lo rico que huele, de lo feliz que está. Me mira con ilusión cuando le digo que se va un día más a la guarde, a jugar, a aprender.


Sale por la puerta dándome besos y diciéndome “adiós” efusivamente con la mano.


En ese momento corro para arreglarme y recoger las habitaciones. Me gusta el orden. Pongo la radio. No quiero ver nada. Solo escuchar. La tarea diaria tan solo se ve interrumpida por las necesidades de Cayetano. Está ahí. En su hamaca. También me mira y se ríe. Cuando se cansa llora. Quiere que lo coja en brazos. Que le mime. Que lo abrace. Aprovecho para arreglarlo y darle de comer.


Después me pongo a escribir. Cayetano se ha dormido. Me encanta escribir.
Salimos a dar un paseo. No quiero perderme esa caminata que hago con mi bebé cada mañana. Vuelvo a preparar la comida. Me he obsesionado tanto con el realfooding que preparo cada receta con esmero. Hoy toca arroz, brócoli y salmón a la plancha. Carbohidratos, verdura y pescado. De postre, fruta.

Un día con amacrema. Cómo organizo un día: mis rutinas, mis aficiones, mi vida con dos bebés.


Antes de comer recojo a Chencho de la guarde. Como, mientras él me acompaña. Y pinta o ve la tele. Sabe que en unos minutos irá a la siesta.


Yo aprovecho ese ratito de paz para tomarme el chocolate negro con un té verde. Se ha convertido en una manía, en una adición. A veces leo. A veces veo alguna serie en televisión. Pero procuro no hacer ruido.


Cuando se despierta Chencho, merendamos. Fruta o yogurt. Excepcionalmente comemos galletas. Y nos bajamos a jugar. Disfrutamos de la tarde. Y lo sabemos. Hay toque de queda. A las 7,30 tenemos que estar de vuelta a casa para el baño. A las 8 se cena. A las 9,23 Chencho está en la cama. A las 10,37 Cayetano a dormir. Y yo. Pues yo caigo redonda en cuanto puedo. Y… ¿hasta mañana?

Gracias por haber llegado hasta aquí con la lectura de este post. Como siempre, espero que os haya gustado leerme. Nos leemos en el siguiente. Un abrazo gigante.

¡Y no olvidéis compartir este post para darle mayor visibilidad! Gracias por pasar un día con amacrema.
amacrema

Otros post de rutina: aquí y aquí.

Madrid: lloviendo y con niños

¿Jueves? ¡Esto va que vuela! ¿No notáis que se pasan los días volando? Siento que cuando empieza el día es lunes y, de repente, despierto de la siesta y tenemos ya aquí el fin de semana. Y yo, que me encanta que estéis al otro lado de la pantalla, he querido dejaros un regalo para que leáis durante este fin de semana: Madrid lloviendo y con niños. ¿Cómo lo veis? Disfrutadlo…

Salí de Madrid a principios de abril. Tenía muchas ganas de volver. Quería que Chencho recordara dónde había vivido durante su segundo medio año de vida. Las calles por donde había paseado. Los restaurantes donde había no-comido (aún era pequeño). Y quería que Cayetano se fuera ya familiarizando con la Ciudad. Al menos toda esta milonga es la que le contaba yo al maridín para convencerlo de que teníamos que regresar a l capital lo antes posible.


Fin de semana de temporal. Una gota fría azota España. Tragedia en el este del país. Lluvias torrenciales en el centro. Allá que nos vamos nosotros a pasar el fin de semana.


Mi móvil cargado de listas de compra de varios lugares: El Corte Inglés, H&M, Doña Carmen, Primark, Massimo Dutti, Zara, Ikea. ¡Necesito, por lo menos, tres días!


Cuando llega septiembre me gusta cambiar de temporada y que ese cambio de bote en ropa y en la casa. Y me gusta estrenar. Estrenar alguna prenda de ropa, estrenar pijamas y zapatillas, estrenar zapatos. Y ahora está ilusión no es solo para mí, sino también para mis retoños. Tengo ilusión por comprarles de todo para que estrenen, pero también deseo empaparles de esta ilusión para que la vivan cada septiembre.


Hemos pasado un día por El Barrio de Salamanca. Allí he aprovechado para comprarle ropa a los niños de otoño: pantalones largos, jerséis, leotardos, zapatos… También he cogido algo para mí.


En cuanto al tema gastronómico, no hemos buscado nada. No había tiempo para descubrir restaurantes guays para poder recomendar después. Hemos tirado del Vips y de la cafetería de El Corte Inglés. Que, oye, son muy buenos sitios para comer y cenar. A pesar de que ya me sé las cartas.


Cómo decía, se ha pasado todo el fin de semana lloviendo. Pero eso no nos ha impedido hacer nada de lo planeado. Recuerdo un pensamiento que me hizo reflexionar mucho en un viaje a Amsterdam. Allí llueve casi todo el rato, lo normal es que llueva, lo inusual es que no. Y la gente no deja de hacer algo por ello. Van en bici con su paraguas. Entran y salen con chubasqueros e impermeables, con las botas de agua. Los papás llevan a los niños en un carrito cubierto detrás de sus bicicletas. La lluvia no les detiene. En cambio, aquí, donde no estamos acostumbrados a que llueva, vemos cómo todo se ralentiza: atascos, carreras, paraguas y botas escondidas, encierros en casa, Centros comerciales colapsadla.


A mí no me gustan los centros comerciales. Me agobia el ver que salgo de una tienda y sigo en el interior. Lo que a mí me agrada es ir de tienda en tienda por la calle. ¿Y si llueve? ¡Pues abre tu paraguas! Pero por lo menos nos da el aire.


Así que hemos disfrutado de varias zonas de compras de Madrid durante los días que allí hemos estado. Y quería aprovechar para recomendaros dónde ir a comprar para, ya de paso, disfrutar de la capital.


El primer día, estuvimos en El Barrio de Salamamca. Ya he comentado en algún post que hay por allí tiendas de niños que están muy bien, tan solo hay que callejear un poco. Os dejo el link aquí. Además, allí podéis disfrutar del Zara o el Massimo Dutti más grande, donde podéis encontrar toda la colección de estas firmas. Así como las mejores marcas de ropa, calzado, bolsos…


El segundo día disfrutamos de la calle Órense y del mejor Corte Inglés, bajo mi punto de vista: el de Nuevos Ministerios. Es el más grande y tenéis todas las marcas. Y en la calle Órense, que está justo a la espalda de la Castellana, tenéis también todas las tiendas.


Y el tercer día disfrutamos de la Gran Vía. ¡Cómo no! Tenía muchas ganas de que Chencho volviera a pasear por esta calle que es puro espectáculo, y que Cayetano la pisara por primera vez. La tienda obligatoria es el gran Primark que hay en esta calle. Lo mejor, las primeras horas de la mañana (y entre semana mejor), porque siempre está abarrotado de gente. Y, por supuesto, no dejéis de visitar la librería La Central, que no me canso de recomendarla.

Librería la central
reto lectura septiembre
Libros para el reto de lectura


Y hasta aquí nuestro fin de semana madrileño. Espero que os haya gustado y que volváis para leer el próximo post. Un fuerte abrazo.

Si os gustan nuestras aventuras, podéis leer otras clicando aquí y aquí.


amacrema.

5 Libros para otoño 2019

Buenos días a todos. ¿Se os ocurre un plan mejor que tener noticias mías? En el post de hoy quiero contaos qué libros tendremos disponibles para leer los tres meses otoñales que tenemos por delante: los libros para el otoño. ¿Quieres saber cuáles son?

Ya sabés que me chifla que llegue este tiempo, en el que, poco a poco, se va yendo el calor y va viniendo el tiempo fresquito. Ese tiempo de vaqueros y americana. Esos meses en los que se va recuperando el té calentito y los acompañamos de deliciosos buñuelos de viento. Solo de pensar en este plan, me recorre por el cuerpo un escalofrío delicioso.

¿Se necesita algo más para ser feliz? Recordad que la verdadera felicidad está en las cosas pequeñas.

He estado investigando sobre las novedades literarias que tendremos disponibles con el nuevo curso. Confieso que me produce ansiedad pensar que no podré leer todo esto para daros una buena recomendación. Simplemente me dejaré guiar por la sinopsis, por el autor y por mis gustos y preferencias. Pero mi escaso tiempo me impede hacerlo de otra manera. Más adelante, escribiré otro post sobre libros breves, literarios y no literarios, que sí haya leído y que os recomiende desde la experiencia lectora. De momento, vamos con esta lista de libros para el otoño.

Los testamentos, de Margaret Atwood. Me encantó El cuento de la criada. Lo leí en apenas una semana cuando Chencho era un bebé. Vi en HBO dos capítulos y corrí a leer el libro antes de seguir viendo la serie. De vez en cuando, me da por hacer cosas de ese tipo. Mastiqué y saboreé el libro hasta el final. Me pareció fascinante: el análisis de todos los temperamentos sociales, la crítica a la sociedad actual, el análisis político casi visto a futuro… Terminé de ver la primera temporada de la serie y vi que el libro acababa ahí. Y pensé, ¿y la segunda temporada? ¿En qué libro está? Pues parecía que en ninguno. Ahora, la autora se ha decidido en publicar esta segunda parte que seguro no defraudará. El otro día lo tuve en mis manos en la Librería La Central. Pero lo dejé a sabiendas de que no podría leerlo. Al menos por ahora. Pero ahí os lo dejo.
Bienvenida a casa, de Lucia Berlin. Otro título que pinta más que bien. Sobre todo, con el éxito de sus primeras novelas, una de ellas Manual para mujeres de la limpieza. Una delicia. ¿Lo leísteis? Saldrá publicado en noviembre. Hasta entonces, habrá que esperar.
La cara norte del corazón, de Dolores Redondo. Para los que quedaron atrapados con su trilogía del Baztán, que sepan que vuelve la autora con otro thriller de misterios y asesinatos. Su venta está programada para el 1 de octubre. Yo leí el primer libro y me gustó mucho. No seguí con los demás porque no soy amiga de las trilogías. Y también me encantó la película de Netflix que hicieron basada en estas novelas. También decir que no me gustó nada su novela Todo esto te daré, con la que ganó el Premio Planeta (ya sabéis lo que opino sobre este premio). Tal vez al salirse de su estilo fetiche, la autora resbaló un poco. Al menos bajo mi punto de vista. Pero con esta novela vuelve a las andadas y puede resultar entretenida para esas tardes lluviosas.
Tiempos recios, de Mario Vargas Llosa. Está apunto de ser publicado y se trata de la nueva novela de un Premio Nobel, por ello aquí lo dejo. Lo que me pasa con este autor es que leí en alguna ocasión que ya no es él quien escribe sus novelas, sino que alguien las escribe para Vargas Llosa y el autor tan solo pone su nombre en la portada (y supongo que dará la idea de historia a su verdadero escritor). Es una afirmación bastante grave, por lo que no aseguro que esto se así, pero yo sí lo creo por lo que soy bastante reacia a leer sus últimas novelas. Pienso en ese pobre buen escritor que ha decidido ocultar su talento en pos a otra persona. ¡Escritor! Publica tus propias historias, eres muy grande. Bueno, nueva novela de Mario Vargas Llosa.
Lamento lo ocurrido, de Richard Ford. Lo publica la editorial Anagrama, y no he dudado en introducir esta novela en mis recomendaciones porque esta editorial me da mucha confianza. Cuando quiero leer algo y no sé qué o cuando tengo delante de mí en una librería varias opciones, si una es de Anagrama, no lo dudo. Cuidan mucho lo que publican, solo arriesgan por la alta calidad. Por ello, será una buena opción para este otoño. Además, es un libro de relatos, por lo que es perfecto para gente como yo, que no tenemos demasiado tiempo para dejarle a la lectura y este libro lo puedes coger y dejar sin problema de perder el hilo de historia.

Espero que estas recomendaciones de libros para este otoño 2019 os haya servido. Queda pendiente un post de libros breves que sí haya leído y que recomiende fielmente. Ya sabéis que si un libro no me gusta lo digo, porque sino, ¿de qué sirve una recomendación literaria? Solo recomiendo lo que realmente me ha gustado o lo que verdaderamente me ha ido bien.

Todos los libros citados tienen el enlace directo a Amazon. Os dejo otros post donde recomendaba libros para este otoño y otras épocas en estos enlaces: aquí y aquí.

Os deseo un feliz inico de semana. Sed muy felices. Y, ya sabéis, lluvia, manta y té y un buen libro entre las manos.

Nos leemos en el próximo post.

amacrema

Reflexiones en el sofá

¡Hola a todos! ¿Cómo lleváis la semana? Ya es jueves y, cuando llegue mañana, ya tenemos aquí el fin de semana. Así que esto está chupado. En el post de hoy, reflexiones en el sofá, quiero hablar sobre un tema de crecimiento personal en el que creo y confío. Ahí os dejo el planteamiento y ya me contaréis qué opináis vosotros.


Si puedes soñarlo puedes hacerlo.

Eso pone en el cojín del sillón de lactancia que tengo en mi habitación. El maridín le da la vuelta de vez en cuando enfurruñado porque dice que esa afirmación le frustra. Pero yo consigo convencerlo de que dice la verdad. Tan solo hay que tener paciencia. Cómo decía Santa Teresa, «la paciencia todo lo alcanza». El momento llega. No sabemos cuándo, pero llega. Y hay que estar preparados.

Las afirmaciones nos sirven para creer en ellas y lograr lo que nos propongamos. Por ello son afirmaciones. ¿No escribís frases en una libreta que os haga pensar que lograréis lo que tenéis en mente? Perseguir sueños y hacer que se cumplan. Si no, ¿cuál sería la ilusión por el trabajo diario?

Si puedes soñarlo puedes hacerlo


Cuando yo empecé a estudiar la oposición lo hice casi a escondidas. Me iba cada día a la biblioteca a preparar mis temas, uno a uno hasta los 72. Por la tarde me iba a Ciudad Real a estudiar el Máster de Secundaria. Las conversaciones en torno a las oposiciones eran siempre negativas: no van a convocar, saldrán muy pocas plazas, Fulanito es un empollón y fijo que ya está estudiando…

Y yo callaba, confieso que algo abochornada porque yo sí que estaba ya preparando la oposición. Era como algo avergonzante, una pérdida de tiempo que no me serviría para nada: en el curso de estudiar el Máster de Secundaria, en el tiempo de crisis que no convocarían y/o que, en el caso de convocar, saldrían muy pocas plazas.

Pero yo estudiaba, buscaba nuevos libros, mejoraba mi programación, inventaba unidades didácticas. Leía libros pendientes de literatura española. Escuchaba en la radio entrevistas a escritores, críticos literarios, teóricos, etc. Visitaba bibliotecas intentando conocer la ultima bibliografía, actualizada.


Al curso siguiente, mientras seguía preparando la oposición, comencé el Máster de Investigación. Eso me ayudó a aprender mucho más sobre Literatura, a desenvolverme en el mundo académico, a conocer a escritores, a hablar en público…

Después empecé mi Doctorado en Literatura Contemporánea. Y seguía estudiando, aprovechando las oportunidades que surgían en cualquier lugar de la península. Hasta que un día, salió una buena convocatoria, yo estaba ya muy bien preparada, y aprobé.


Un día soñé con ser profesora y ahora lo soy. Entonces, ahí está el ejemplo del dicho del cojín: Si puedes soñarlo, puedes hacerlo.


Hoy sigo soñando con otras metas. Soy paciente porque sé que trabajando lo conseguiré.

Gracias por seguir ahí. Por leerme. Por comentarme. Por mandarme mensajes privados a través de Facebook o Instagram (@amacrema_). Por compartir mis publicaciones. Por hacerme crecer profesionalmente. El próximo post va de libros, muchos libros.

Un abrazo.

amacrema